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Venturas y desventuras de un libro... y sus lectores
Por
Mariela Pérez Valenzuela, Dixie Edith e Igrim Lucía Castillo Moreno
Fotos:
Miguel Gutiérrez
Cuando Diana, una pionera de sexto
grado, vio hace unos años la
tercera película de la saga de Harry Potter,
y repitió en tanda doble las tres larguísimas ofertas de El Señor de los
Anillos, descubrió que tenía montones de dudas y que las versiones
fílmicas de sus aventuras favoritas no se las podían aclarar: ¿Quiénes
son los hobbits? ¿De dónde vinieron? ¿Dobby, el elfo doméstico de Harry
Potter no tiene amigos de su tipo? ¿Por qué son tan diferentes los elfos
de Howarts y los de la Tierra Media?...
Las dudas abrieron, para esta inquieta
muchacha habanera, un camino que hoy, con 14 años ya cumplidos y a punto
de terminar noveno grado, no se arrepiente de haber escogido: leer sin
descanso.
«Entonces mis padres me preguntaron
qué regalo quería por graduarme de la primaria y yo les pedí los libros
de las dos colecciones. Los de Tolkien ya estaban en mi casa, pues a mi
familia le gustan mucho y me los cedieron como si fueran una mina de
oro», contó Diana a Muchacha.
Los del niño mago, los padres de esta
adolescente se los pidieron a una amiga que estaba de misión médica en
Bolivia y llegaron a sus manos unos meses más tarde.
«Después, me leí la versión digital de El
Silmarilion, que es la historia de la tierra y la época del Señor de los
Anillos. Y desde entonces me he leído todo lo que ha pasado por mis
manos, ya no solo aventuras», agregó.
La experiencia de Diana vuelve los ojos a
una polémica que no pasa de moda entre escritores, pedagogos, padres y
madres, editores, adolescentes, jóvenes y cualquier persona que tenga
alguna relación con los libros: el desarrollo vertiginoso de
tecnologías, comunicaciones y medios audiovisuales está poniendo cada
vez más alto el reto de lograr que las nuevas generaciones decidan echar
mano a un libro para invertir su tiempo libre.
«Mi papá siempre me decía que cuando leyera
a Julio Verne no iba a poder soltar más los libros, pero Verne me
aburre», contó a estas reporteras el pequeño Enrique, de 10 años, que
aún no se ha decidido a la aventura de la lectura.
«Creo que tiene que ver con que los efectos
especiales y la tecnología que se puede ver hoy en cualquier material de
cine o video ya superó a Verne en cuanto a novedad e ingenio y los
muchachos se han educado conviviendo con lo que para Verne y sus
lectores era aún el futuro», razonó Enrique Martínez, el padre del
pequeño, un ingeniero automático e impenitente lector de 40 años.
En Cuba, sin embargo, la muchachada lee, a
juzgar por resultados de un sondeo realizado por esta revista y por
investigaciones diversas emprendidas en los últimos años.
En 2008, una encuesta periodística
entre 250 estudiantes de entre 10 y 15 años de Ciudad de la Habana,
Sancti Spíritus y Las Tunas, publicada por la quincenal revista Bohemia,
evidenció esos resultados:
«Al preguntarles con qué frecuencia se
parapetaban tras un libro, la gran mayoría declaró que siempre (34 por
ciento), o casi siempre (46,8 por ciento). Solo un 16 por ciento dijo
hacerlo leer a veces y un escaso 2,8 por ciento confesó leer pocas
veces», divulgó entonces esa publicación.
Aparentemente, habría que hacer una fiesta.
Pero una mirada más detenida a las estadísticas demuestra que leen mucho
más por encargo de la escuela que por inclinación propia; y que a medida
que ganan en edad, se van distanciando poquito a poco de la letra
impresa.
Así lo confirmó también una investigación
acerca de intereses de lectura en niños, adolescentes y jóvenes cubanos,
realizada por el Centro de Estudios sobre la Juventud (CEJ).
Aplicada en Ciudad de la Habana, La Habana,
Matanzas, Villa Clara, Camagüey, Holguín y Santiago de Cuba, a personas
de entre nueve y 30 años de edad, la encuesta del CEJ verificó que si
bien la lectura era la actividad preferida de los encuestados de entre
nueve y 13 años, pasaba a ser la segunda a partir de los 14 años: «…como
generalidad, disminuye desde las edades 14-17 años hasta los 21-23 años.
Luego vuelve a aumentar hacia los 27-30 años», precisa el estudio.
En conversación con
Muchacha,
más de una veintena de adolescentes y jóvenes de entre 10 y 20 años y
con intereses y perfiles estudiantiles diferentes, nos ofrecieron otras
claves.
Para ellos es muy importante que «los
enamoren» de las propuestas literarias, no que les indiquen el valor de
la lectura, algo que se han cansado de escuchar.
Y esa necesidad crece a medida que aumenta
la edad.
Al parecer, en la escuela primaria el
trabajo de promoción de la lectura en la biblioteca escolar es un
poquito más sistemático y mucho más directo. Y el niño se satisface más
en esas edades, en cuanto al empleo del tiempo libre, con la lectura. Al
pasar a la adolescencia y dedicarse a la vida en común con sus
coetáneos, la lectura tiende a pasar a un segundo plano y solo los que
tienen el hábito muy arraigado continúan con él, coinciden pedagogos e
investigadores del tema.
«Si difícil es llegar al mundo de los niños
más difícil es al de los adolescentes. El desarrollo de la pubertad es
cada vez más acelerado. Además, los muchachos están rodeados de personas
que no leen y bombardeados por el mundo audiovisual; todo conspira para
que no se dediquen más a la lectura. Y hay una norma de comportamiento
social, que se imponen ellos mismos, y a veces no pueden romper: el
muchacho lector, en un grupo de su edad que no lee, se siente como un
bicho raro», ha explicado el escritor Enrique Pérez Díaz, director de la
Editorial Gente Nueva.
A esto se añade una verdad defendida por la
pedagoga argentina Adela Rosa Ratter, durante las jornadas cubanas del
Congreso Internacional Lecturas 2007: «Quien no sienta pasión por la
lectura difícilmente puede trasmitirla. La pasión por la lectura se
contagia. Una buena lectura provoca más lectura», defendió esta experta,
quien trabaja en la campaña por la lectura en su país.
Igualmente, en los encuentros de escritores
y editores de literatura infantil y juvenil que convoca cada año la
Feria Internacional del Libro, sus participantes han coincidido en la
carencia de obras interesantes para adolescentes, entre las que se
cuentan las revistas de divulgación científica, que les interesan
muchísimo y suelen ser escasas; pero también novelas con las
problemáticas de la adolescencia.
No van desencaminados estos criterios.
Durante nuestra entrevista grupal, Gaby, Betty, Yansa, Mariana, Arlette,
Ania, Amanda, Lucía, Laura y Erick, junto a la mayoría de quienes
participaron, coincidieron en que les gustaría leer historias que
contaran sobre sus vidas cotidianas y dieron como referencia la que más
cerca tienen: la producción audiovisual.
«Una novela parecida a Mucho ruido o
Adrenalina –series cubanas del espacio aventuras, seguro la leeríamos
enseguida», dijeron.
Sin embargo, también ocurre que los
adultos a veces subestimamos a la grey juvenil y, como ocurrió en el
encuentro convocado por
Muchacha, al final
nos sorprenden.
Aníbal, un pequeño de 10 años, ante
la pregunta de qué publicaría si fuera director de una editorial, abogó
por biografías de científicos y científicas de fama, pero «contadas de
manera que se puedan leer», porque si no, «¿cómo nos vamos a embullar a
estudiar Ciencias?»
Lucía y Laura, por su parte, pidieron lo
mismo, pero acerca de artistas y músicos.
Y todos, absolutamente todos, exigieron la
publicación de textos con orientación vocacional clara y amena, señal de
que la preocupación acerca de a qué dedicarse en el futuro no es solo
monopolio de madres, padres y profesores.
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