Sugerimos…Publicado en No. 581 



Las mujeres y sus circunstancias



Al margen de las libertades sociales que, desde hace más de 50 años, acompañan la cotidianidad de las cubanas, todavía perviven ciertos rasgos patriarcales y estereotipados con los que ellas deben lidiar irremediablemente. Demonios, a veces arcanos; a veces, visibles; pero siempre latentes a la espera de poderse manifestar. Porque milenios de persistencia y dominio machista no pueden borrarse de un plumazo y a la vuelta de medio siglo.

 

Aun cuando desde el mismo triunfo de la Revolución en Cuba (enero de 1959), sus líderes cedieron lugar y espacio a la integración de las mujeres en la nueva sociedad que comenzaba a construirse. Una voluntad política del Estado que les permitió afianzar un protagonismo con libre acceso a los diversos ámbitos públicos y de poder. Derechos bien ganados desde las lejanas luchas independentistas y rebeldes, cuando muchos nombres de mujeres comenzaron a ligarse a las diferentes campañas revolucionarias que emprendió el pueblo cubano. 

 

Una tradición de lucha que sumerge sus raíces en la etapa del colonialismo español y en aquella esclava de origen lucumí y de nombre Carlota que en el ingenio azucarero Triunvirato, encabezó una sublevación que luego se extendería a varios ingenios, cafetales y fincas ganaderas de la provincia de Matanzas, en el occidente de Cuba.

 

“¡Cuánto podría hablarse del favor patriótico, de los profundos sentimientos revolucionarios de las mujeres cubanas  que, con valor y pasión, lucharon con todas sus fuerzas para hacer realidad la Patria digna que soñó Martí y que, cuando la Revolución triunfante hizo ondear victoriosas las banderas de la libertad, se unieron en una sola voluntad para alistarse a defenderla, para ayudar a levantar la sociedad nueva que requería  del esfuerzo de todos sus hijos!” Así definió a sus compatriotas la histórica presidenta de la Federación de Mujeres Cubanas (FMC), Vilma Espín, heroína de la Revolución ya desaparecida.

 

Asidas a este empeño, después de muchos años y no pocas batallas, las cubanas siguen a pie juntillas su misión por igualar con ellos el acceso a las mismas oportunidades sociales, políticas, económicas, laborales, familiares, de estudio, de liderazgo… De construir una convivencia liberada de la visión machista y de la violencia de género física y/o psicológica: De conciliar relaciones armoniosas y de respeto a su autonomía, lo mismo puertas adentro que puertas afuera del hogar.  

 

Pues al decir de la destacada feminista y antropóloga mexicana, Marcela Lagarde, para vivir dignamente como mujer en esta sociedad patriarcal hay que incursionar en el feminismo, conocerlo, estudiarlo, analizarlo, compartirlo con otras y ponerlo en práctica en la propia vida.

 

Si bien el camino hacia una paridad entre cubanos y cubanas, aún, se presenta arduo, donde ellas tienen dobles jornadas y otros desafíos que minimizar o de los que prescindir;  lo cierto es que hoy el horizonte de esa realidad resulta, claramente, visible e iluminado. Por ahora, las mujeres cubanas ya acumulan para sí un denso álbum de ganancias personales en materia de derechos y participación.

 

También de reconocimiento a los valores que las distinguen y a la valentía que ponen en cada uno de sus actos cotidianos; en sobrellevar, a veces, una vida difícil como jefa de familia, oficina, empresa, fábrica, escuela, cooperativa campesina, centro científico, ministerios…; de sobreponerse a las complejidades y los conflictos que desgranan las relaciones interpersonales en cualquiera de sus manifestaciones. De lidiar con las zancadillas que, en no pocas ocasiones, surgen a la hora y el momento en que las mujeres deciden afianzar su independencia, de ser creativas, darle sentido a su vida y amarse a sí mismas por sobre (casi), todas las cosas.

 

Circunstancias estas que ellas deben afrontar  porque, al decir de Françoise Sagan,  sólo cerrando las puertas detrás de una, se abren ventanas hacia el porvenir.



Publicado: 8/3/2012