Al
margen de las libertades sociales que, desde hace más de 50 años, acompañan la
cotidianidad de las cubanas, todavía perviven ciertos rasgos patriarcales y
estereotipados con los que ellas deben lidiar irremediablemente. Demonios, a
veces arcanos; a veces, visibles; pero siempre latentes a la espera de poderse
manifestar. Porque milenios de persistencia y dominio machista no pueden
borrarse de un plumazo y a la vuelta de medio siglo.
Aun
cuando desde el mismo triunfo de la Revolución en Cuba (enero de 1959), sus líderes
cedieron lugar y espacio a la integración de las mujeres en la nueva sociedad
que comenzaba a construirse. Una voluntad política del Estado que les permitió
afianzar un protagonismo con libre acceso a los diversos ámbitos públicos y de
poder. Derechos bien ganados desde las lejanas luchas independentistas y
rebeldes, cuando muchos nombres de mujeres comenzaron a ligarse a las
diferentes campañas revolucionarias que emprendió el pueblo cubano.
Una tradición de lucha que sumerge sus raíces en la etapa del
colonialismo español y en aquella esclava de origen lucumí y de nombre Carlota
que en el ingenio azucarero Triunvirato, encabezó una sublevación que luego se
extendería a varios ingenios, cafetales y fincas ganaderas de la provincia de
Matanzas, en el occidente de Cuba.
“¡Cuánto
podría hablarse del favor patriótico, de los profundos sentimientos
revolucionarios de las mujeres cubanas que, con valor y pasión, lucharon
con todas sus fuerzas para hacer realidad la Patria digna que soñó Martí y que,
cuando la Revolución triunfante hizo ondear victoriosas las banderas de la
libertad, se unieron en una sola voluntad para alistarse a defenderla, para
ayudar a levantar la sociedad nueva que requería del esfuerzo de todos
sus hijos!” Así definió a sus compatriotas la histórica presidenta de la
Federación de Mujeres Cubanas (FMC), Vilma Espín, heroína de la Revolución ya
desaparecida.
Asidas a este empeño, después de muchos años y no pocas batallas,
las cubanas siguen a pie juntillas su misión por igualar con ellos el acceso a
las mismas oportunidades sociales, políticas, económicas, laborales,
familiares, de estudio, de liderazgo… De construir una convivencia liberada de
la visión machista y de la violencia de género física y/o psicológica: De
conciliar relaciones armoniosas y de respeto a su autonomía, lo mismo puertas
adentro que puertas afuera del hogar.
Pues al decir de la destacada feminista y antropóloga mexicana,
Marcela Lagarde, para
vivir dignamente como mujer en esta sociedad patriarcal hay que incursionar en
el feminismo, conocerlo, estudiarlo, analizarlo, compartirlo con otras y
ponerlo en práctica en la propia vida.
Si
bien el camino hacia una paridad entre cubanos y cubanas, aún, se presenta
arduo, donde ellas tienen dobles jornadas y otros desafíos que minimizar o de
los que prescindir; lo cierto es que hoy el horizonte de esa realidad resulta,
claramente, visible e iluminado. Por ahora, las mujeres cubanas ya acumulan
para sí un denso álbum de ganancias personales en materia de derechos y
participación.
También
de reconocimiento a los valores que las distinguen y a la valentía que ponen en
cada uno de sus actos cotidianos; en sobrellevar, a veces, una vida difícil
como jefa de familia, oficina, empresa, fábrica, escuela, cooperativa
campesina, centro científico, ministerios…; de sobreponerse a las complejidades
y los conflictos que desgranan las relaciones interpersonales en cualquiera de
sus manifestaciones. De lidiar con las zancadillas que, en no pocas ocasiones,
surgen a la hora y el momento en que las mujeres deciden afianzar su independencia,
de ser creativas, darle sentido a su vida y amarse a sí mismas por sobre
(casi), todas las cosas.
Circunstancias
estas que ellas deben afrontar porque, al decir de
Françoise Sagan, sólo cerrando las puertas detrás de una, se abren
ventanas hacia el porvenir.