La gran bailaora de flamenco se
detuvo varias veces en La Habana. Aunque para aquellos que no tuvieron la
oportunidad de verla —ha pasado una buena cantidad de años— está ahí una cinta memorable,
Los tarantos, de 1963, su última película. En ella, Carmen Amaya luce
tal cual fue: como la reina del baile flamenco.
Pero Carmen visitó La Habana mucho antes, en 1939, en el mes de septiembre. Contaba 26 años y era ya muy conocida a
través de la película La hija de Juan Simón, de 1934, que la lanzó al
mundo como gran bailarina de flamenco, un género que, según se dice, para
bailarlo bien es necesario llevar sangre gitana en las venas.
Se presentó en aquella ocasión en el
Teatro Nacional y el periodista Don Galaor de Bohemia quien la
entrevistó, la calificó de “sencilla, sincera y cordial”.
Regresó en enero de 1947, más madura y
famosa. Contó que comenzó a bailar a los cuatro años y que a los ocho figuraba
en el mismo programa que la cupletera Raquel Meller, en una producción de mucho
éxito. Entrevistada para el semanario Bohemia, dijo así:
- El baile es para mí una segunda
naturaleza. Lo vivo en un sueño, ni más ni menos. Pendiente de las bordonas de
la guitarra, mi cuerpo salta y gira, se estira y vibra y gira otra vez.
Carmen Amaya había triunfado en París
y en Hollywood, y era una de las mujeres españolas de más universal renombre. Intrigado
por tan inabarcable energía sobre el escenario, en cierta ocasión el novelista
norteamericano Truman Capote le preguntó quién la enseñó y ella respondió:
- Nadie enseña a bailar a una
gitana, eso lo aprendemos viendo a otros gitanos y uno lo hace como lo siente
después.
Lo cierto es que Carmen fue hija de
bailadores, por vía materna y paterna, de manera que casi puede afirmarse que
nació bailando.
Por última vez se presentó en Cuba en
agosto de 1959, cuando —con su tribu— bailó en el Salón Copa del Hotel
Riviera y causó sensación con su velocidad vertiginosa, increíble, los
chasquidos de sus dedos, los aullidos y el ritmo endemoniado de la música que
parecía enloquecer a todos menos a los bailadores.
Su creación de El bolero de Ravel representa
uno de los mejores momentos y en su país se le confirió el lazo de Dama de la Orden de Isabel la Católica. Murió el 19 de noviembre de 1963. Se asegura que nadie ha
logrado tal sincronización de movimientos en el baile como ella, ni tanta
seguridad. Fue y sigue siendo única en su género, según los especialistas.