Crecimiento y fantasía

Por: Marilys Suárez Moreno
Publicado: 15/05/2019

Cuidar a un niño o niña, además de darle todo nuestro, amor, significa conocerlo y respetarlo, porque está creciendo, transformándose constantemente.

Cuando el infante tiene entre cuatro y cinco años, lucha por integrarse al mundo del adulto para ser aceptado en él. Pero aun vive en un mundo mágico y no ve clara la diferencia entre lo real y lo fantástico.

Tiene conciencia de que su cuerpo  crece y debe ser alimentado y protegido. Puede hacer todo tipo de movimientos con las piernas, aunque aún no sincroniza bien los brazos y el cuerpo. Lo mismo sucede con los trazos  y con la manualidad en general.

A estas edades, el vocabulario infantil aumenta y las palabras adquieren un nuevo significado. Le agrada emplear palabras difíciles, aunque no las comprenda bien y comienza a tener una idea vaga de las cantidades. De hecho, puede contar y separar hasta cinco o seis elementos.

Cuando miente o se atribuye papeles que han realizado otros, no tiene noción de la mentira. En ese momento es sumamente importante no avergonzarlo, adoptando una actitud positiva y constructiva, haciéndole comprender y comprobar su error.

A esta altura, se interesa por las diferencias sexuales, la reproducción y el nacimiento, siente temores y le preocupa la muerte. Y pregunta, pregunta de la mañana a la noche, pero no responde tanto como pregunta, simplemente porque no esta maduro para hacerlo.

Para afirmar su Yo debemos confiar en él, permitiéndole tareas fáciles en las que no fracase: bañarse, vestirse, cuidar sus pertenencias, colaborar con la familia.

El infante preescolar se siente muy feliz hablando de sí mismo, escuchando cuentos, dejando volar su fantasía, corriendo, saltando, jugando.

A veces pasa de la cólera a la alegría y de la independencia a la búsqueda de protección, y cuando quiere hacerse notar se comporta mal, especialmente cuando hay visitas.

El vínculo idóneo para comunicarnos  con nuestro hijo o hija será la conversación sincera. No es dejar pasar, sino comprender y educar. Es necesario también no sobrevalorar sus errores. De ahí la importancia de no contradecirnos y ser constantes en nuestras valoraciones, juicios, prohibiciones y estímulos, de lo contrario, lo desorientamos y no facilitamos un correcto desarrollo moral ni una formación de valores adecuados.

 

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