¿Cómo cuidé de mi hijo en los primeros días de nacido?

Por: Indira Ramírez Elejalde
Publicado: 10/05/2019

Dentro de muy poco se cumplirán tres años desde que mi hijo entró por vez primera a mi casa. Era tan chiquitico y tierno que daban ganas de “comérselo”. Desde ese día su presencia fue motivo de júbilo y alegrías. Recuerdo que toda mi familia y hasta los vecinos más allegados, celebraron con regocijo y hasta con regalos, su llegada.

Enfrentarme a la maternidad fue una experiencia bastante agradable, porque a pesar de ser “primeriza”, pude contar en todo momento con el apoyo de mi mamá y mi tía. Desde el comienzo tuve muchísimas dudas en relación con los cuidados que debía proveerle a mi hijo. Desde cómo curarle el cordón umbilical, qué ropa debía ponerle, cómo bañarlo, si debía o no echarle crema y colonia, cómo cortarle sus uñas, el lavado de su ropa, muchas cosas más.

Estando aún en el hospital, el primer miedo a superar fue cómo debía cargarlo. Y lo hice, con temor pero sin vacilar, y le di de mamar, sin disfrutar claro está, del dolor que me causó con la primera succión pero que era imprescindible para su salud.

Pero eso no fue nada, comparado con los otros obstáculos que tuve que enfrentar bajo la tutoría de mi familia materna. De esa manera, aprendí a bañarlo con el agua hervida y aunque al principio no entendía el motivo de sus gritos, si para mi entender la temperatura del agua estaba agradable, me fui acostumbrando a que se calmara sólo cuando lo tapaba con la toalla y lo sostenía entre mis brazos.    

Establecí la rutina de secarlo sobre su cuna y curarle el ombligo umbilical con alcohol, frotándolo suavemente con un algodón. Después le untaba sólo la crema para bebés y aprovechaba esto para masajear toda su piel y así estimularlo. Siempre me rehusé a utilizar colonias para evitarle futuras alergias. Cuando terminaba lo vestía según las indicaciones de su pediatra que me aconsejaba ponerle ropas frescas y sencillas, porque  la piel de los recién nacidos no regula la temperatura de igual manera que la de los mayores. Como mi hijo nació en verano, vestirlo con ropa gruesa podría elevarle la temperatura u ocasionarle alguna dermatitis. Igual, siempre me preocupé por la higiene de las ropitas. Si eran nuevas, lavarlas antes de ponérselas con jabón sin olor, mismo procedimiento que utilizaba cuando se ensuciaban.

Sus uñas tuve que cortárselas muy pronto, las tenía muy largas y él mismo se arañaba toda la carita constantemente. Los médicos me dijeron desde un principio que hacerlo antes o después de cumplido el mes, no le traería ningún problema al niño. Y en cuanto a los pañales desechables (a pesar de que nunca le causaron alergias), siempre procuraba variar su uso con los de gasas tradicionales para evitar enrojecimientos y cualquier otra reacción al producto con que están hechos esos pañales.

Como el bebé sólo se alimentó de leche materna durante los primeros seis meses, tuve que extremar mi higiene personal, por lo que limpiaba la zona de mis pezones cada vez que el niño iba a mamar. En este sentido también, cuidaba mucho de las comidas que realizaba, y me preocupaba en qué podía o no caerme mal, para que no repercutiera en mi hijo.

Estas fueron algunas de las cuestiones que fui aprendiendo, aplicando y perfeccionando durante meses. Aunque ya dejé de realizar algunas de estas acciones que se volvieron diarias en mi vida, aún recuerdo cuando miro el rostro de mi hijo, los intentos fallidos y cada una de las victorias logradas durante el proceso que comprendió todo su cuidado. Una atención que sólo pude aplicar correctamente, gracias a la ayuda de mi madre y mi tía, las dos mujeres que durante mi niñez estuvieron a cargo de mi cuidado.

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