Confianza y respeto

Por: Marilys Suárez Moreno
Publicado: 07/03/2019

Una persona segura de sí misma, con criterio propio y elevada autoestima no es, precisamente, aquella que fue criada bajo estrictos controles familiares.

A los niños no se les debe estar coartando todo el tiempo la iniciativa, los juegos y hasta su capacidad para que pueden hacer o no en determinado momento, tampoco andar sermoneándolo todo el tiempo, porque produce poco resultado, ya que se acostumbra a ellos y no les causa ningún efecto.

 Se debe plantear directamente la situación cuando se actúa incorrectamente; resolverla y hacer que este proceder  no se haga habitual. Por ejemplo, cuando la o el infante se levanta, después que se viste, debemos decirle “·acuérdate de estirar la sábana y arreglar la almohada para que la cama luzca bonita”.

Esta será la explicación mediante la palabra. Importa recordar que, por mucho que lo reprendamos, lo fundamental es el modelo que se le ofrezca al niño o niña, que debe descubrir en el ejemplo cotidiano y el razonamiento oportuno de las y los mayores, que las necesidades y deseos personales sólo pueden cumplirse si se conjugan con los de los demás.

Las  exigencias que se hagan al menor descansen en fundamentos correctos de acuerdo con su edad, velando porque estos se cumplan unánimemente por todos los que lo atiendan. Explicarle sencilla y claramente las razones por las cuales debe actuar en determinada forma procurando que el adulto sea ejemplo positivo en el cumplimiento de lo que se le pide al infante.

Hay que estimular desde los primeros años, el espíritu de investigación del menor. Si alguna pregunta suya se relaciona con un tema que se desconoce, hay que averiguar la respuesta, pero nunca contestarle con  un  “no sé, no me interesa o eres muy chiquito para esas cosas”.

La creatividad y la imaginación infantil hay que estimularla tempranamente. Elogia sus pequeños logros por insignificantes que sean, pues eso lo ayuda a reforzar su autoestima. A medida que crece ser debe ser también más preciso en las órdenes y mayores las exigencias, pero siempre recordando su edad y característica personales.

Nunca se debe imponer las órdenes a la fuerza ni decirle: “Me tienes que hacer caso porque eres mi hijo y te lo mando” Lo prudente y educativo es intercambiar opiniones, dejarlo que se exprese libremente y que no tema decir su punto de vista. Se le puede tratar de persuadir, por una vía lógica, de entendimiento, pero nunca a la fuerza de de “a porque sí”.

Si existe una actitud persistente por parte de todos en el cumplimiento de los encargos, estos se satisfarán a tiempo con agrado y con naturalidad. Siempre tendremos la frase halagadora y cariñosa para alentarle cuando cumple correctamente los encargos. Todo eso hace que el niño o niña se sienta estimulado por sus progresos y trata de continuar perfeccionándose.

La confianza no se da por decreto: se conquista con respeto y paciencia.

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