Amalia: todo amor y patriotismo

Por: Marilys Suárez Moreno
Publicado: 23/01/2019

La vida de Amalia Simoni Argilagos quedó trunca a los 76 años, el 23 de enero de l918, en la quietud de su modesta casa dela calle Zulueta en La Habana. Cumpliendo su deseo de ser enterrada junto a su padre en el Cementerio de Camagüey, cerca de donde podría estar su amado Ignacio, cuyas cenizas debieron ser esparcidas en el camposanto por orden de las autoridades españolas, según reza la leyenda popular, los restos de Amalia reposan en su ciudad natal.

Mujer de gran belleza y distinción, tuvo una educación esmerada y una cultura vasta y exquisita con destaque para su voz de soprano, dúctil y melodiosa Amalia era bien conocida en aquella sociedad, no solo por sus dotes artísticas, sino por ser la mayor de las dos hijas del acaudalado matrimonio formado por el medico José Ramón Simoni y Manuela Argilagos

 “El deber con la patria está antes que todo En esos instantes aciagos, con el enemigo vigilando, todavía Amalia salva, escondiendo entre sus ropas, la bandera cubana”.

Estas palabras fueron pronunciadas por Vilma Espín, presidenta eterna de la FMC, durante el acto de traslado de las cenizas de Amalia a Camagüey, el 1 de diciembre de 1991. La patriota mantuvo toda su vida un ferviente patriotismo y muchas ansias de libertad para Cuba. Acorde con esos sentimientos, se destacó por ser una activa colaboradora de las fuerzas mambisas

Bella, elegante y dueña de una melodiosa voz de soprano, la muchacha era bien conocida en la sociedad principeña por su gracia, dotes artísticas y su amor por Ignacio Agramonte, tan grande como el que le profesaba a su patria. 

Fueron pocos los meses de pasión intensa entre Amalia e Ignacio, quienes iniciaron relaciones amorosas en el verano de 1866, cuando el joven abogado permanecía de vacaciones en su ciudad natal. Unidos por el ardor rebelde a la causa independentista y un amor más allá de toda barrera, tras casarse, marcharon a la finca La Matilde, propiedad de la familia Simoni, donde nació el primogénito Ernesto, al cual su padre nombraría cariñosamente  El Mambisito. Apenas disfrutaban de su luna de miel cuando Ignacio tomó el camino de la guerra, el 11 de noviembre de1868.

Detrás fue Amalia, quien prestó servicios en los hospitales de campaña y sufrió los rigores de la cárcel y luego del exilio. Antes de la separación definitiva, Agramonte que para entonces era un respetado jefe militar, marchó a la Sierra de Cubitas: “La esposa de un soldado tiene que ser valiente”, le dijo su marido, a modo de despedida, y ella le secundó en esfuerzos y vicisitudes.

En una ocasión en que Amalia Simoni fue arrestada por tropas españolas, ya en plena guerra, se le pidió que escribiera a Ignacio Agramonte, para que abandonara la lucha. Categórica, respondió: “Primero me dejo cortar una mano antes que escribirle a mi esposo para que sea un traidor”.

¡Fáciles son los héroes con tales mujeres!, diría años después el Prócer cubano José Martí al conocer de este lance.

Obligada a emigrar a Nueva York, la pareja sostuvo un intenso intercambio epistolar que trascendió por su desbordado amor y patriotismo. En Yucatán, México, la esposa supo de la muerte Ignacio, uno de los más queridos jefes independentistas. Dijo entonces: “Parece que cuando una tiene hijos ama más la libertad”. Amalia tuvo dos hijos: Ernestito y Herminia, a la cual no llegó a conocer El Mayor.

Al concluir la guerra (1868-1878) la amada de Ignacio Agramonte regresó Puerto Príncipe. Al estallar la nueva contienda, organizada por Martí,  el gobierno colonial la obligó a emigrar. Le temían  a su ejemplo y a su patriotismo. De vuelta a Estados Unidos, recaudó fondos para la lucha, actuando como soprano en el The Garmo Hall, de Nueva York, en funciones de beneficio, con gran acogida de la crítica, que llegó a considerar su voz entre las mejores y más timbradas de entonces

Al finalizar sin independencia la guerra, Amalia se opuso tenazmente al intervencionismo norteamericano y a la Enmienda Platt. Al ofrecerle ayuda económica por ser la viuda de El Mayor,  la rechazó, aduciendo: “Mi esposo no peleó para dejarme una pensión, sino por la libertad de Cuba."

Amalia Simoni, la patriota ardorosa, la amada de uno de nuestros más queridos luchadores independentistas, Ignacio Agramonte, la mujer cuyo desbordado amor y patriotismo sostuvieron su existencia, es recordada y venerada en toda Cuba, en especial en el Camagüey de su nacimiento, donde tanto ella como Ignacio parecen desandarlo cada día.

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