Disciplina e inconformidad

Publicado: 17/01/2019

Con demasiada frecuencia se insiste en la importancia de la disciplina en todas las esferas de nuestra vida. Desde el proceder individual de cada persona ante las normas familiares y sociales, hasta los sistemas de trabajo y pactos colectivos para conseguir que todo marche lo mejor posible, el cumplimiento de una disciplina presupone la creación de las condiciones idóneas para que la acatemos de manera consciente.

Comenta Francisco Rodríguez Cruz que dicho de otra manera, que seamos personas disciplinadas responde no solamente a la voluntad propia de cada quien en su empeño por serlo, sino también a la organización existente en cualquier ámbito de la vida social que permita un desenvolvimiento armónico y natural de la gente.

Porque a veces solemos asociar la disciplina solo con la imposición de patrones, normas de conducta, reglamentaciones externas a las personas, no pocas veces sin un análisis crítico de por qué estas pautas con frecuencia se desconocen o incumplen.

En numerosas ocasiones detrás de una indisciplina generalizada, hay improvisación, falta de previsión o poca exigencia en aspectos clave, cuya concepción no tomó en cuenta o no supo combinar los intereses individuales y colectivos.

La disciplina no debería verse, entonces, como una simple restricción a la libertad de decisión de cada individuo, sino como una manera de viabilizar su ejercicio ciudadano a partir de la participación, el diálogo y la búsqueda de consensos, ya sea en un grupo humano pequeño como la familia, en una comunidad o barrio, en un gran colectivo laboral o en cualquier otro tipo de organización social.

No está bien, por ejemplo, aducir la disciplina como un pretexto para atajar o coartar inconformidades y cuestionamientos; como tampoco lo está violentar sin justificación reglas de comportamiento que por una u otra razón aceptamos cumplir.

La auténtica disciplina es aquella que propicia el beneficio de muchas personas, y no solo las prerrogativas o privilegios de unas pocas. Por eso la idea de que debe haber disciplina en todo lo que hagamos tiene que estar en correspondencia directa con los objetivos para los cuales la exigimos.

La disciplina tampoco puede ser selectiva ni dispareja, y tiene que cumplir con el principio de ser equitativa, cumplible y necesaria. Mientras más responda a un razonamiento de todas las partes involucradas en un proceso, más efectiva será la disciplina, porque su cumplimiento nos reportará mayor satisfacción y beneficio, sin que ello nos reste un ápice de nuestra capacidad de disentir o acatar lo establecido, en función de mejorar cualquier obra colectiva.

Aunque a priori quizás nos pueda parecer a algunas personas un par antagónico, disciplina e inconformidad son, no obstante, dos caras de una misma moneda que es posible y deseable propiciar, conseguir y hasta premiar, para que todo siempre marche un poquito mejor que antes.

(Haciendo Radio)

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