Miriam Menéndez y la magia de enseñar a leer y escribir (+ Fotos)

Por: Danielle Laurencio Gómez
Publicado: 17/01/2019
Fotos: Fotos: Yaciel Peña de la Peña

A su casa se llega tomando el camino que hace varios años cuentan que cerraban los árboles y no dejaban ver el cielo, porque nada mejor que los años para fraguar, construir y hacer perdurar; esos mismos años que han hecho que a Miriam, la maestra de la esquina de Vista Alegre, todos la conozcan.

Cuando habla es como si contara un cuento, cuento de magia, la misma que sin haber estudiado magisterio la llevó a ser una de las primeras en dar el paso al frente cuando comenzó la Campaña de Alfabetización en el pueblito de Delicias, municipio de Puerto Padre, en el norte de la provincia de Las Tunas.

 Apenas tenía 17 años y embarazada de su hijo mayor, empezó a enseñar: “Recuerdo con mucho cariño a mis primeros alumnos, Juan Peña y Concepción Campaña, yo iba con mi bolsito, despacio, y cuando ellos me veían llegar decían: ¡Ahí viene la maga, ahí viene la maga!

Por aquel entonces aquellos alumnos tenían entre 60 y 80 años, y aprendieron a leer y a escribir con ella, con Miriam Enriqueta Menéndez González, la maestra, la maga.

Concluida su labor como alfabetizadora y tras aquella experiencia tan humana, no renunció a esa pasión y quiso continuar ayudando a quienes aún no conocían el milagro de las letras.

“Siempre me gustó enseñar --cuenta--, por eso mi esposo me hizo debajo de una mata de tamarindo que había en el patio de la casa una mesa larga y unos bancos, y los padres no dudaban en mandar a sus hijos para la escuelita de Miriam Menéndez, porque los repasaba y aprendían; y así poco a poco me fui ganando el cariño y el respeto de todos, pero sobre todo de los infantes.”

A los 23 años se convirtió en la maestra de la escuela Encarnación Pérez, y luego de la Consuelo Rodríguez que actualmente es un seminternado, y en la de sus cuatro hijos, sus cuatro nietos y por último, de su bisnieto mayor.

 Tras 40 años en las aulas, decidí jubilarme, pero mi bisnieto- que ahora tiene 18 años-, no se adaptaba a la escuela y decidí volver –cuenta orgullosa--; más que un llamado del deber era una petición del corazón, y se hizo la magia otra vez.

Miriam sabe que enseñar no es cosa de tomar a la ligera, y más que de hechizos, habla de métodos, de cuando las matrículas eran mucho mayores y había que enseñar sin las  tecnologías que hoy existen, de las combinaciones perfectas para leer y escribir y dejar una letra envidiable de legado a sus alumnos.

“Cada letra tiene un sonido específico, siempre me guío por estos y los asemejo con algo que a los niños les llame la atención, una canción, una adivinanza, un juego, todos los días algo diferente que les motive y les mantenga con ganas de aprender cosas nuevas; mis pequeños trucos, creo que han sido el secreto para enseñar a tantas generaciones y quedarme en el corazón de cada uno de ellos.”

ALEJANDRO…  Y LA MAGIA DE MIRIAM

“Alejandro tiene nueve años y aún no ha mudado los dientes, unos días llega, me besa y me abraza; otros tengo que convencerlo con unos pancitos tostados que mi esposo le manda, o una cometa (papalote), y solo así logro que me permita entrar a su mundo.”

Ale, como ella le dice,  ya se sabe todas las letras del alfabeto y la asombra cuando compone él mismo las sílabas, con paciencia y constancia y lo más importante, con amor.

Este curso escolar, que es el número 52 que ella imparte, es un nuevo capítulo en su libro de trucos, porque ella seguirá haciéndole cometas, llevándole panes tostados a cambio de que él la deje enseñarle; haciéndole canciones y recibiéndolo a deshoras en la terraza, que aún conserva la mesa larga y los bancos que su esposo le hizo hace más de medio siglo.

 “Trabajar en la Escuela Especial Héctor Infante Pérez, constituye un reto cada día, no solo por Alejandro que es mi único alumno, sino también por mí, que a mis 75 años mantengo el deseo de seguir ayudando a quienes se me acercan para que repase a sus hijos porque lo hice con ellos también.”

“Esto es un oficio de pasión y entrega, hay que atender a los alumnos a partir de sus individualidades, planificar actividades para cada estudiante, según sus capacidades y limitaciones y en ocasiones hasta hacer arreglos curriculares, dice con voz firme y la barbilla altiva, como quien sabe una cartilla de memoria.”

“Ahora me paran por la calle y aunque a veces no recuerdo sus nombres, me llena de orgullo escuchar que dicen: Ahí viene mi maestra; y no importa si eso fue hace 30, 20 o solo cinco años, lo que importa es que siento la misma emoción que cuando tenía 17 años y mis dos primeros alumnos me veían llegar despacio, con mi bolsito, y decían: ¡Ahí viene la maga, ahí viene la maga!”. (ACN)

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