Celos, acentuados o no

Por: Marilys Suárez Moreno
Publicado: 10/01/2019

                                                                                 

Formar familia no es tan sencillo como parece. Se requiere un poco de arte, algo de ciencia y mucha paciencia, además de grandes dosis de ternura y comprensión para que los lazos afectivos se establezcan y permanezcan indisolubles en cada uno de sus miembros.

Pero a veces, sin darnos  cuenta fallamos como padres. Nos equivocamos y contribuimos a que las relaciones familiares sufran variaciones muy perjudiciales. Un ejemplo de ello son los celos. Más o menos acentuados, están presentes en todos los niños. Se manifiestan, generalmente, cuando en la casa entra un hermanito/a chiquitín y, contra los que muchos creen, no son tan fuertes cuando el niño es realmente pequeño, con uno o dos años más de diferencia con el recién nacido.

Los casos más comprometidos ocurren cuando hay algunos años más de distancia. Las manifestaciones son muy graves, como diversas son las características de cada menor; pero hay ciertas reglas fijas que pueden dar la señal de alarma. Si ya está en edad escolar se desinteresa por los estudios, comienza a portarse mal en la escuela a fin de atraer la atención, aunque sea a través de las penitencias.

Al sentir celos se retrae, no juega, se queda en un rincón de la casa, ensimismado/a en sus pensamientos. De pronto tiene un arranque de cariño intempestivo hacia el hermanito o, por el contrario, se niega a acercársele. Siente que ha pasado a un segundo plano y acepta con dificultad esta nueva posición.

 La madre y el padre son los que tienen que vigilarse más estrechamente en estos casos. No deben darle demasiada importancia al recién nacido; sí cuidarlo con naturalidad, pero sin extasiarse ante la criatura en presencia del otro hijo/a. Es lógico que se ocupe más del bebé que del mayor, pero debe compensarlo con atenciones y cariño, evitando hacer comparaciones que provoquen sensación de abandono.

Siempre la llegada de un hermano/a produce un gran giro en la vida del hijo único: incluso en la familia con más hijos, un nuevo ser, significa un cambio. El tacto, la comprensión y una explicación inteligente, facilitaran que ese niño/a se acostumbre a no ser el único.

A veces son los familiares o visitantes los que, imprudentemente, alabando o comparando al más chico con el mayor, provocan los celos del último. La llegada de un bebé debe representar la menor alteración posible en la existencia del niño. Es posible prever antes los cambios que tendrán lugar y acostumbrarlo. Por ejemplo si tiene que ceder la cuna, es conveniente colocarle unos meses antes en su nueva c ama. De este modo recibirá la impresión de haber prosperado y se sentirá mucho mayor. Las  relaciones familiares no se deben dejar a la espontaneidad, que salgan como quieran, sino cultivarse con amor y respetando siempre la individualidad de cada uno de sus componentes, por muy pequeños que sean.

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