Invitación bancaria

¿Qué tal, chicos, si se animan a contribuir con la fecundidad diferida?

Publicado: 06/12/2018

Entre planillas, pinchacitos y entrega placentera, son tres viajes al banco. (Jorge Sánchez Armas / Cubahora)

Escrito por Mileyda Menéndez Dávila

¡Hurra por la esperanza al final del túnel! Y no es solo metáfora, de verdad me alegra el reciente estreno en Cuba de dos bancos de semen para que nuestros altruistas XY criollos depositen su bagaje genético a disposición de las XX que demandan embarazarse por otra vía que no sea la tradicional.

Por ahora el servicio está disponible en los laboratorios de Fertilidad Asistida de los hospitales Hermanos Ameijeiras y González Coro, pero no creo que pequen de habanerocentrismo en su oferta, pues muchos de los caballeros que hoy habitan en esta ciudad semimilenaria presumen de sus raíces allende el Primer Anillo de la Autopista Nacional.

Lo siento por quienes odian los detalles técnicos, pero hoy no escatimaré movimientos para seducir a posibles candidatos. Los bancos son depósitos para guardar en frío (crioconservación) esas imprescindibles células, las más diminutas del cuerpo humano, que sólo se producen en testículos “vivos”… y no las llamo gametos masculinos porque no lo creo un término exacto, teniendo en cuenta que la mitad de los espermatozoides portan cromosomas X (o sea, femeninos), así que hasta el macho más pendenciero lleva en sí mucha esencia de mujer, justamente donde más les gusta tocarse para testificar su hombría.

¿Que cómo se sabe eso? Primero por la estadística demográfica, pues cada año nacen hembras y machos de nuestra especie en similar proporción (solo unas decenas más de chicos por cada mil nenas), y, segundo, porque al ponerlos bajo el microscopio es fácil diferenciarlos por su tamaño, conducta y apariencia… igual que en el patio de una primaria durante el recreo.

Claro, con esto de la producción humana en dos tiempos se corre el riesgo de alterar las reglas de la naturaleza, porque en esa selección artificial pueden descartarse embriones supuestamente propensos a enfermedades o malformaciones, y esa ventaja también es usada en clínicas inescrupulosas que ven este asunto como un negocio para decidir el sexo de las criaturas viables al gusto de sus padres (y hasta el color de los ojos, por muy horrible que pueda sonar).

Ahí es donde la Bioética entra a desempeñar su papel de herramienta cotidiana y la vigilancia social debe entrenarse para exigir moderación, como también deberíamos aguzarla en otros aspectos del día a día humano, por ejemplo, para revisar minuciosamente las paredes de la casa de citas adonde llevas a tu pareja, antes de apurarla para que se aligere de ropas.

“¿Sobre qué escribes?”, pregunta Jorge, lápiz en mano para bocetar su caricatura, y cuando respondo: “Sobre bancos de semen”, con picardía sugiere que en esa categoría pudieran entrar muchos puentes de la Vía Blanca, callejones oscuros o asientos del Parque Central, donde cada noche se desperdician millones de partículas de esperanzas… y hasta de día, en casos muy desesperados (o desfachatados).

Me adelanto a Sachiel para comentarles que una eyaculación promedio contiene entre 60 y 300 millones de espermatozoides en apenas una cucharada de líquido (o puré, según el tiempo de “cocción”). Con menos de 10 millones, la probabilidad de fecundar es bajísima, pero no imposible, y, no se ofendan, pero tiene muchísima lógica mandarlos en tumulto porque a los hombres no les gusta preguntar direcciones y a veces pierden de vista la meta dejándose provocar por supuestos enemigos que surgen de pronto en su camino.

Por sí o por no, a los potenciales donantes se les hace una entrevista sicológica previa, además de obvias exploraciones físicas y de sangre para descartar contingencias. Según cuenta en Juventud Rebelde mi colega Ana María, entre planillas, pinchacitos y entrega placentera, son tres viajes al banco. Confío en que eso no los desaliente, porque muchos padres de familia sobreviven los trámites para obtener los cheques del subsidio y logran ejecutar sus obras casi en el tiempo previsto.

Anita me pidió que divulgara la noticia para colaborar con este gran logro. Ustedes son mi segundo intento. Mi primera convocatoria fue para los nerds que estudian Física Nuclear o programan softwares con mi hijo, y planeo llevarla formalmente a la FEU de varias universidades. Coincidirán conmigo en que la idea no es mala: así tendremos un gran capital de hombres ¡y mujeres! de ciencia depositado en esos bancos.

Ojalá ningún tributario se vuelva paranoico buscando su descendencia en la calle, porque en esta modalidad de tirador institucional se insiste mucho en el anonimato de ambas partes. Dice una amiga que si son como el padre de su hijo no hay problema: en cuanto la ve con el niño en brazos cruza la acera y corre, como si un aguacero le pisara los talones.

(Cubahora)

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