Aquella primera vez de Carmen Díaz

Publicado: 13/12/2018

Ya los cruceros entran a la bahía sin el alboroto de los habaneros que transitan por la Avenida del Puerto. Claro que se admira su belleza y tamaño, pero ya no sorprenden con su presencia.

Y de esos cambios que se han suscitado en estos casi 60 años de Revolución, me vino un recuerdo que no pude evitar. La irrupción en esos muelles de la mujer portuaria.

Al principio hubo tanto desconcierto, que más de un medio de prensa fue a reportarlo para escuchar sus opiniones o, sencillamente, fotografiarlas entre los estibadores, subiendo a los barcos y compartiendo sin reservas con los trabajadores del espigón.

Ellos, habituados a la rudeza, se afanaron en medir sus palabras y cuidar las expresiones. Apenas sin darse cuenta, fue naciendo una nueva actitud, protegerlas, preocuparse por aquellas que, bajo el sol, la lluvia o el frío retador, vencían también cada jornada portuaria.

La Federación de Mujeres Cubanas (FMC) las ayudó a erradicar el concepto burgués de que ese ambiente “no era para muchachas”. Solo eran personas marginadas, sin cultura ni educación.

Como un haz, Partido, sindicato y dirección emprendieron la batida. Prepararon el terreno, y lo demás... vino solo. Cuando ellas llegaron, confiadas, sin remilgos ni temores, con la fibra obrera en la mano amiga, se aprendió otra hermosa experiencia, porque aquellos tipos rudos, dulcificaron el gesto, frenaron el lenguaje, enmendaron el ropaje, y hasta los más reacios, al quedar aislados, terminaron por callar.

Ese día lo comprobé. Abarloado al muelle, como gigante inerte, un barco empinaba la proa con el ancla levada. Los güinches trasegaban la carga llenando la mañana de chirridos. Abajo, frotándose las manos con algo de impaciencia, los estibadores esperan la eslingada.

Decenas de rollos de alambre descendían lentamente, y antes del desamarre, la dependienta “tarjadora” anotaba la cifra. Me le acerqué. Sin desviar los ojos de la escotilla, pero atenta a su trabajo, Carmen Díaz me contó sus impresiones.

Fue dirigente de la FMC, en la provincia de Ciego de Ávila. Se mudó para La Habana, y esto coincidió con un llamado que hizo la dirección del puerto para cubrir plazas hasta entonces ocupadas por hombres.

Sonriente, me confesó que nunca lamentó su decisión, a pesar de que algunas amistades pretendieron asustarla con la fama de “indeseables” de los portuarios.  Sabía que la tarea sería difícil, pero en el fondo, sentía que estos trabajadores habían sido víctimas de la explotación y de tremenda discriminación.

Vencidos los primeros días de miradas escurridizas y algunas provocativas, ellos valoraron como las muchachas se entregaban al trabajo y los trataban como compañeros. La propia Carmen me dijo “poco después, ya nos contaban de sus mujeres, de sus hijos, del mundo en que vivían”.

Como el viento que barre el espigón, el tiempo llevará al olvido –más bien, a la historia- el mito de la supremacía machista en el puerto, con su imagen incivilizada.

Y entre los puntos de partida, habrá que tener en cuenta a las 26 mujeres -número simbólico para los cubanos- que dieron el paso... aquella primera vez.

(Radio Rebelde)

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