Adelina Patti : Una diva singular

Por: María del Carmen Mestas
Publicado: 16/11/2018

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Calificada de niña prodigio, la española Adelina Patti fue un verdadero fenómeno musical. Los críticos   la consideraron  la soprano  más brillante del último cuarto del siglo XIX. Tenía una rica galería de heroínas que incluía autores como Bellini, Rossini y Donnizzetti, entre otros.

Nacida en Madrid, el 19 de noviembre de 1843, se llamaba Adela Juana María Patti y procedía de una familia de artistas en la que siempre reinó la música. Sus padres fueron el tenor Salvatore Patti y la soprano Catherina Chiesa.

En vez de  retozos infantiles, solo hubo espacio para los estudios musicales que inició a los 6 años. A los 8, la presentaron en el Tripler’s Hall y  los aplausos la deslumbraron. Tuvo de  maestros a Elisa Valentíni, Ettore  Berrilli y Emmanuel Muzio. Con el seudónimo de Little Florinda debutó en Lucía di  Lammermoor en la Academy of Music de New York.

Sus triunfos se acrecentaron por su depurada técnica y calidad vocal; pronto se afirmó  como estrella indiscutible del bel canto.

Hizo suyo el papel de Amina en La Sonámbula, que llevó en 1862 al Covent Garden de Londres. Otros triunfos los ganó en Viena, París, Madrid y San Petersburgo.

En  pleno apogeo de su belleza y fama contrajo nupcias  con el marqués de Caux, escudero del emperador Napoleón III, por cierto mucho mayor que ella.

Tuvo una aventura secreta con el tenor Ernesto Nicolini; juntos reían, juntos disfrutaban de la música; él actuaba  en sus giras. Vivían el frenesí de un amor correspondido y la diva se entregó a aquella pasión sin mirar atrás. Cuando aquella relación se hizo pública, instaló a su amante  en su castillo  de Gales. Atenuó la amargura del esposo por la necesaria separación con  una indemnización de 96 mil dólares. Ella sentía que abrazaba la felicidad y pronto se casó con Nicolini, a quien veía como el hombre ideal. A partir de ese momento se creyó en el paraíso. El matrimonio duró hasta el fallecimiento del cantante,  ocurrida en 1898.

Luego, como aún  se sentía  aún joven para las lides del amor  se casó  con el barón sueco Rolf Cederström, de 28 años. La unión se mantuvo hasta que la Patti falleció y el contrajo nuevo casamiento;  sería  la hija de este hombre la que heredaría  la sólida fortuna de la exitosa soprano.

Mujer extravagante, la intérprete construyó en su palacio un teatro de 150 plateas, réplica de La Escala. Había  reunido las más caras joyas y las usaba en sus presentaciones, según los personajes; muchas de esas alhajas eran regalos de príncipes y reyes.

VIAJE A CUBA

La artista viajó por América Latina y en 1857, la  magia de su incomparable voz llegó al público habanero cuando la artista se presentó en el Teatro Tacón, de La Habana acompañada por el   piano de Gottschalk, quien realizaba  su segunda visita a la Isla. El programa incluyó las óperas Norma, Puritanos, La Traviata, La Sonámbula. Con la cantante española actuó el 17 de mayo  en el teatro La Reina de Santiago de Cuba.

COMO LA VIO MARTÍ

Porque supo aquilatar lo mejor de la música, José Martí sintió viva admiración por Adelina Patti, a quien alabó en diferentes crónicas dedicadas a esta artista quien  con su voz  fascinó al público de  diferentes países.

El Maestro disfrutó del arte de esta madrileña, cuya música fue luz en su alma de hombre sensible. Para ella, escribió en 1881, en La Opinión Nacional, de Caracas:

La naturaleza, como frutas perfectas, como paisajes de rematada perfección, crea seres humanos avasalladores. Llevan en sí, por hermosura extrema, o genio extremo, un poder que deslumbra, desvanece o ciega. Si las criaturas de la tierra, celosos de estos seres mejores, hincan en su mano blanca el diente airado, su manera de llevar el dolor aumenta la vida gloriosa que la mordida intentó arrebatarles. De estos hombres, la frente resplandece como cima no hollada. De estas mujeres, tiene el cutis  perlados matices, y la mirada intensidad de llama, semeja el pie juguetoncillo cisne; el talle caña alzada; la mano, beso de niño: la voz promesa de otros mundos, venidos a verter consuelo y fuerza en éste. Así Adelina Patti.

Después de recordar la presencia de la  extraordinaria diva cuando casi una niña cantó, en 1859,  “Lucía” en Nueva York, Martí relata sus impresiones sobre la exitosa presentación  de la artista en 1885 en esa ciudad:  (…) Luego, en admiración frenética y unánime, se fundieron todos aquellos arrebatados corazones. Mas ella viene a dar conciertos, y en la majestuosa ópera quieren oírla los neoyorkinos. Quieren a la gallarda “Juana de Arco”, cuya elegante armadura de oro y acero, ocupa el centro de un rico trofeo en el palacio de hadas que Adelina Patti tiene en su castillo de Inglaterra. Quieren verla como a la triste “Dinorah” persiguiendo a su cabrita blanca, menos juguetona que su voz cuando danza a los rayos suaves de la luna. Quieren oírla  cantar de amores con el “Conde Almaviva”, pasear, plegar, ondear, hacer gemir a extremo no escuchado la voz humana en la “Sonámbula”. Su “Elixir de amore” es muy famoso, La Patti tocó  profundamente la sensibilidad de Martí, quien subyugado por sus interpretaciones,  dedicó con su pluma  homenajes al exquisito arte de la española.

TIEMPO FINAL

El último concierto de la extraordinaria diva fue en 1914 en el Royal Albert Hall de Londres, en una gala  para la Cruz Roja. La artista que emocionó con su canto al público de diferentes latitudes, la que aplaudió con fervor  el presidente Abraham Lincoln., dejó de existir el 27 de septiembre de 1919 Sus restos reposan en el cementerio parisino de Pere Lachaise.

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