Hombres cubanos: ¿La felicidad en pantalones?

Por: Vladia Rubio
Publicado: 08/11/2018

                                                                  

Al igual que las mujeres sufren discriminaciones, inequidades y violencias, los hombres también son víctimas, aunque muchos se lo callan y aparentan ser los más felices dentro de sus pantalones.

Pareciera que los europeos están descubriendo ahora cuán discriminados pueden sentirse los hombres por su género. Sin embargo la Red Iberoamericana y Africana de Masculinidades (RIAM), que encabeza un cubano, lo reveló hace mucho tiempo.

Hace unas semanas, Caitlin Moran, columnista y feminista británica, convocó desde su cuenta en Twitter para que revelaran los inconvenientes de ser hombre en la actualidad. A tal punto destapó la Caja de Pandora con su exhortación que llovieron las anécdotas, los comentarios, y más de una agencia de prensa se enfocó en el tema.

Pero el historiador y antropólogo cubano Julio César González Pagés, coordinador de la Red Iberoamericana y Africana de Masculinidades (RIAM) ha investigado sobre el asunto durante años y desplegado todo un trabajo de educación, promoción y activismo social al respecto y más allá de los tópicos de género incluso. Y una de las exhortaciones más originales de esta Red es a los hombres contra la masculinidad hegemónica.

A tal punto el problema es conocido por estas latitudes, que la RIAM cumple este mes once años de fundada. El 19 de noviembre es su aniversario y no es una fecha fortuita.

Precisamente en esa hoja del calendario se celebra el Día Internacional del Hombre, instituido por la Unesco hace 20 años para subrayar cuánto entraña realmente ser hombre y promover la igualdad de género.

También los medios de comunicación, incluido este portal, han abordado el asunto de las masculinidades en más de una oportunidad y cada vez son más las acciones en esa dirección.

Incluso, en el contexto de la 27 Feria Internacional del Libro de La Habana, fue presentado en febrero último el título “Masculinidades en movimiento”. Se trata de un manual de capacitación en masculinidades que resume una década de buenas prácticas promovidas por la RIAM desde la academia, los ámbitos artísticos, deportivos y jurídicos y formó parte de las actividades del Sistema de Naciones Unidas en Cuba.

Durante la presentación de ese texto de un centenar de páginas, Enmanuel George, coordinador de proyectos de la RIAM, señalaba que el mismo “invita a que los hombres se coloquen frente al espejo para analizar de forma crítica los costos de la masculinidad hegemónica en sus vidas”.

Hombres frente al espejo

Lyber G, cubano de 28 años, trabajador en un taller donde se reparan teléfonos móviles, tablets y otras tecnologías, ratifica, no frente al espejo, sino en diálogo con esta reportera, que se siente víctima de las creencias y prejuicios que en el imaginario popular establecen cómo debe ser un hombre.

No lo dice exactamente así pero cuenta que se estrenó como padre hace un par de meses y que lo mismo su mamá, que su suegra y hasta su propia esposa le insisten una y otra vez en que él no sabe, que “no tiene el instinto”, y, por tanto, no debe ni intentar bañar solo a la bebé y ni siquiera cambiarle el culero, “porque no la vas a limpiar bien”.

Cuenta que cuando la vio por primera vez, a solo horas de haber nacido, “sentí una cosa muy grande, no tengo forma de decirlo, pero fue como una emoción que se me subió a la garganta, a los ojos, y tuve que embarajar para que no me vieran las lágrimas”. Pero ni la mamá de la recién nacida ni sus abuelas se vieron precisadas a voltear la cara para ocultar la emoción que les humedecía la mirada. ¿Por qué él sí?

Le pregunté qué lo hizo esconder aquellas lágrimas de felicidad y no supo responderme. Se encogió de hombros y replicó como si fuera una verdad universal e inamovible: “Es que los hombres no lloran, periodista. Mis amigos y la familia me iban a dar tremendo chucho.”

Lyber nunca dijo, ni siquiera de manera sugerida, que escondió sus lágrimas como resultado de conductas discriminatorias, de expropiaciones derivadas de cánones culturales, psicológicos, familiares... No es consciente de ello, no lo sabe.

Y como él, son muchísimos los hombres cubanos -niños, adolescentes, jóvenes, adultos y ancianos-, a quienes sucede lo mismo.

Porque aunque la RIAM ha dado la batalla junto a muchas otras entidades, instituciones y organizaciones, solo se han dado los primeros pasos en este camino de validar las masculinidades cubanas tal y como son, como merecen.

A resultas, las consecuencias son como las vividas por Lyber y mucho peores aunque no siempre visibilizadas, incluyendo impactos negativos en la salud. Como tendencia, las enfermedades y la mortalidad es mayor en hombres que en mujeres, y ello a consecuencia -entre otras causas- de violencias físicas y también psicológicas.

“Los hombres mueren más que las mujeres en Cuba, en sentido general y particularmente por causas violentas, dígase accidentes, suicidios y homicidio”, afirmó el doctor Orestes Canales Palacio, profesor de la Universidad de Ciencias Médica Miguel Henríquez, en el contexto del VIII Congreso de educación, orientación y terapia sexual, realizado en La Habana en junio último.

Claro, tampoco está resuelto el tema de la igualdad de género y la no discriminación en el caso de la mujer, y lo mismo puede decirse en cuanto a determinados grupos sociales, pero ello no es óbice para que algunos crean y repitan que todos los hombres viven felices dentro de sus pantalones.

Aclaro que este texto en particular se concentra en particular en los hombres heterosexuales, los homosexuales, transexuales, bisexuales así como aquellos con otras características, merecen artículo aparte, porque sus vivencias y limitaciones son otras.

Pero el camino hacia la equidad convoca a pensar lo masculino de manera diferente y a conducirse en consecuencia. Porque desde que el futuro bebé es visualizado gracias al ultrasonido en la barrigota de mamá, y se conoce –si es posible y si se pregunta- si es niño o niña, comienza en ese mismo instante a activarse un fardo de pesados mandamientos en cuanto a cómo debe ser un hombre o una mujer.

No están escritos en ninguna parte. Se trata de toda una construcción sociocultural, marcada por la economía, la historia y hasta por la geografía, que regula y legitima el deber ser, condenando a su vez lo que se aparte de la norma.

De acuerdo con tales “mandamientos” el varón ha de ser fuerte, valiente, decidido, exitoso, capaz, intrépido, arriesgado, estar siempre dispuesto a compartir un trago y también con la mujer que sexualmente lo requiera. Ha de ser proveedor –en términos de economía doméstica- , protector, procreador, y no debe expresar dolor ni otros sentimientos como el miedo o la ternura.

Precisamente estos prejuicios de que los hombres no lloran ni se enternecen fueron los que obligaron al Lyber a ocultar las lágrimas al ver a su hijita recién nacida, y son los que pueden llegar a limitarlos de compartir plenamente y disfrutar la crianza de sus hijos, alejándolos de importantes dinámicas familiares.

Padre no es cualquiera

La investigación Masculinidades en Cuba: legitimación de una dimensión de los estudios de género, seis años atrás ya revelaba cuánto llegan a frenar esos prejuicios, convertidos en lastres para una vida plena.

Al indagar sobre significaciones imaginarias de masculinidades en grupos de hombres de la región oriental, en el acápite dedicado a los hombre-padres, comprobaron que “El ideal de padre que circula en las significaciones sociales supone un hombre participativo en la educación de los hijos, comunicativo y capaz de propiciar un ambiente armonioso. Sin embargo, cuando se hizo alusión al “padre preocupado” se refirieron al que está pendiente de todo lo que necesitan los hijos y es capaz de gestionarlo. El rol tradicional de proveedor se reafirmó en la asunción de la paternidad, legitimándose la división padre-proveedor y madre-afectiva.”

Sin embargo, también “fue posible detectar quejas e insatisfacciones respecto a la desvalorización social de la paternidad, que podemos sintetizar en frases como “padre no es cualquiera, también hay uno solo”.

Es un convencimiento que cada vez va abriéndose paso con más solidez. No por gusto el artículo 67 del Proyecto de Constitución recoge que “El Estado protege a las familias, la maternidad, la paternidad y el matrimonio”. Mientras que en el 69 se incluye que “El Estado garantiza, mediante los procedimientos legales adecuados, la determinación y el reconocimiento de la paternidad”.

Al respecto de cómo se visibiliza de modo explícito la paternidad por primera vez en la Carta Magna, la doctora Yamila González Ferrer, vicepresidenta primera de la Unión Nacional de Juristas de Cuba y profesora de la facultad de Derecho de la Universidad de La Habana, comentó: “en la constitución de 1976, la que está hoy vigente, se habla solo de la maternidad. Existen muchos estereotipos sexistas como madre solo hay una y padre es cualquiera, y, en consecuencia, se ha trabajado mucho porque prevalezca una visión de corresponsabilidad, por visibilizar la paternidad”.

Mucho más que vestir de rosado

A esta inclusión del tema paternidad en el Proyecto de Constitución, importantísimo paso en bien de las familias cubanas, de sus hijos, y también de masculinidades más plenas, se añaden otros cambios de menor resonancia pública pero también interesantes y asociados a las formas de ser hombre.

Se trata de la emergencia de una nueva imagen masculina que tiene en uno de sus extremos el adjetivo de metrosexual, pero que en instancias menos radicales incluye, por ejemplo, la depilación de las cejas, del cuerpo, el arreglo de uñas y otras preocupaciones por la estética corporal.

Tales imágenes se acompañan de gestualidades y conductas relativamente novedosas como darse besos en la cara y otras muestras de afecto antes reservadas a las mujeres.

Asimismo, este curioso tránsito de imágenes comprende el uso de colores y estampados en la ropa que años atrás moverían a burla. Colores rosas, lilas, anaranjados, flores, animalitos... conforman una variopinta paleta, la cual, obviamente, no es elegida por todos ni es por todos bien vista.

Son sobre todo los jóvenes quienes optan por estas tendencias, pero, paradójicamente, aun llevando camisas rosa y las cejas perfectamente depiladas, algunos de ellos continúan perpetuando patrones patriarcales en el trato a la mujer y en sus propios modos de ser hombre.

Sus familias, como tendencia, les secundan, movidas claro está por las mejores intenciones. Y cuando el tránsito a nuevos modos trasciende la epidermis e incluye, por ejemplo, la incorporación a tareas domésticas, a veces son las propias esposas, hermanas, compañeras de trabajo y amigas quienes más a menudo de lo deseado les hacen burla y critican abiertamente porque “eso no es de hombre”.

Ocurre que aunque la academia y el quehacer de instituciones vayan un tanto más adelante en este caso, no pueden borrarse de un plumazo tantas décadas de mentalidad patriarcal.

Muchas Jornadas de maternidad y paternidad responsables deberán seguirse realizando, sumándose a las ocho que ya han tenido lugar. Unicef de seguro agregará otras iniciativas a su reciente "Padre desde el principio", primer manual cubano sobre paternidad responsable presentado en julio pasado.

Construir las nuevas masculinidades que cada cubano y cubana necesita implica, entre muchas otras cosas, hacer que cada cual conozca realmente los riesgos y cortapisas que entraña el modelo tradicional de masculinidad; continuar sensibilizando y educando de la mano de la evidente voluntad política del estado y gobierno cubanos, hermanando cada vez más la academia y el activismo social.

El doctor Julio César González Pagés lo recordaba al comentar sobre masculinidades en entrevista concedida a la publicación Somos Jóvenes: “El machismo, insisto, es una ideología que nadie elige; es él quien nos aborda y atrapa con sus múltiples caras y coerciones”.

Y más adelante apuntaba refiriéndose al hombre cubano atrapado por esos prejuicios: “Lo triste es que pensemos que es feliz debiendo ser hegemónico”.

Tomado de Cubasí

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