El 68 no es el problema

Por: Lirians Gordillo Piña
Publicado: 01/11/2018

Reportajes televisivos y de la prensa escrita, post y comentarios en la web repiten con frecuencia la frase “entre los artículos que generan más debate se encuentra el 68”. Incluso yo puedo caer en esa trampa. Pero fue mi padre —un hombre de 67 años y décadas de servicio militar —quien me hizo notar que la polémica no lo genera el artículo 68 sino los prejuicios, la discriminación y la ideología extremista que aún perviven en varias personas y algunos sectores religiosos. “Ellos son los que todavía no entienden”, me dijo mi papá y desde entonces cocino este comentario a fuego, medio y alto.

Bajo la aguda visión de mi papá pondríamos en la mira y el juicio público comentarios como:

“… imaginen esta barbaridad, dos personas del mismo sexo exhibiendo escenas de mucho amor en cualquier esquina de nuestras calles

“También las personas que no estén de acuerdo con el cambio que se propone en el Art 68, deben tener también el derecho de manifestarse en su contra. Y que se apruebe por mayoría no por el deseo de una u otra parte…”  

“Considero que a esas personas con preferencias sexuales diferentes se les debe respetar como seres humanos, y no discriminarlos, ahora bien de eso a reconocerles el derecho de formar una familia ya eso es el colmo va contra el diseño original y contra la obra perfecta de la naturaleza”

Lo bueno que tienen estas frases ofensivas y discriminatorias es que nos develan cuánto nos falta por avanzar en materia de información y respeto a la diversidad. Pero el primer paso sería visibilizarlas como lo que son: sistemas de creencias erróneas, deconstruidas por la ciencia y superadas en muchas familias, organizaciones, instituciones e incluso espacios religiosos.

Los medios nacionales podríamos hacer mucho más para generar una opinión pública balanceada, para visibilizar discursos y protagonistas que asuman una posición justa y humana que no es otra cosa que reconocer todos los derechos para todas las personas.

Quisiera alertar sobre algo, no será el tiempo el que nos haga superar estos prejuicios y posturas dogmáticas. No lo será tampoco la actitud “esa es su opinión”, porque las opiniones con poder —como lo hemos constatado en declaraciones públicas— tienen, irremediablemente, un impacto en la vida cotidiana tangible y en el disfrute de los derechos. Y porque no se ejerce el derecho a la libertad de expresión cuando se reproduce la homofobia, el racismo, el machismo; lo que se ejerce en esos casos es agresión, menosprecio, segregación y discriminación.

Sí nos permitirá avanzar asumir posiciones, alzar la voz desde diversos sectores, reconocer en la homofobia los mismos patrones que asumen los sistemas de discriminación como el machismo y el racismo.

De cierta manera, ya vivimos este momento, esta disyuntiva. Me explico.

En la década del 60 ¿se sometió a referendo que todas las personas negras y blancas disfrutaran de los mismos derechos, asistieran en igualdad de condición a los mismos espacios públicos? ¿Se sometió a referendo el derecho de todas las mujeres urbanas o rurales, pobres, blancas o negras a ser alfabetizadas y alfabetizadoras? ¿Se sometió a referendo que las cubanas gozaran de igual remuneración por igual trabajo? ¿Se sometió a referéndum la institucionalización del aborto en Cuba? ¿No existía en esos años más racismo, más machismo, más injerencia de sectores eclesiales?

En Cuba las políticas de igualdad y la crítica pública al machismo y al racismo no se sometieron a referéndum. Sin embargo, en aquellos años estábamos más cerca, cronológicamente, de las falsas teorías que justificaban la discriminación racial con “la inferioridad” de las personas negras y el “orden natural” que establecía la sumisión de la esposa y su reclusión en el hogar.

¿Qué pensamos hoy sobre toda esa literatura que incluso hasta el siglo XX sentenciaba como natural la supremacía blanca? ¿Qué diferencia tienen con los argumentos que hoy sostienen la homofobia? Propongo un ejercicio: cambiemos orientación sexual por color de la piel en los comentarios del inicio.

“…imaginen esta barbaridad, dos personas de razas diferentes del mismo sexo exhibiendo escenas de mucho amor en cualquier esquina de nuestras calles”

“También las personas que no estén de acuerdo con el cambio que se propone en el Art 68 las escuelas sin segregación racial, la institucionalización del aborto, la inserción de mujeres en sectores “masculinos”, deben tener también el derecho de manifestarse en su contra. Y que se apruebe por mayoría no por el deseo de una u otra parte…”

“Considero que a esas personas con preferencias sexuales con color diferentes se les debe respetar como seres humanos, y no discriminarlos, ahora bien de eso a reconocerles el derecho de formar una familia con una persona blanca ya eso es el colmo va contra el diseño original y contra la obra perfecta de la naturaleza”… ¿cada oveja con su pareja?

Sabemos que el machismo y el racismo laten en Cuba, en múltiples espacios y dimensiones. Pero también sabemos que es política y humanamente incorrecta la discriminación racial, en cuanto al género vamos avanzando. Por este motivo ningún reportaje —televisivo, impreso o digital— dejaría que en el uso de la voz pópuli se sentenciara o reprodujera por mayoría prejuicios racistas y machistas, al no ser que se quiera luego deconstruir esas posturas discriminatorias. Lo mismo debiera pasarnos ahora, desde los medios y desde la calle, para saldar deudas históricas con la población LGBTIQ (lesbianas, gays, bisexuales, transgéneros, intersexuales y queers).

Lesbianas, gays, bisexuales, transgéneros, intersexuales y queers no son siglas, son personas con vidas marcadas por la discriminación que genera el desconocimiento, la incomprensión, la violencia que es también no nombrar, no visibilizar, no proteger. Desde los medios tenemos el deber público de escuchar y compartir esas voces, vidas que necesitan ser conocidas en toda su humanidad, en toda su lucha por ser y participar en la construcción de este país.

Superar las discriminaciones, desde mi punto de vista, nos plantea dos escenarios: las creencias (sistemas mentales, ámbito simbólico y subjetivo) y los derechos. El primero es muy reticente al cambio pero no puede enarbolarse como justificación para la inercia y la realidad cubana ha demostrado que se avanza cuando los derechos se reconocen. Por ejemplo el avance en materia de derechos marca la historia de las mujeres: el acceso a la educación, al voto, al divorcio, al aborto, a una vida sin violencia; son derechos que hemos conquistado y no precisamente por referendo.

Por eso quiero reafirmar algo que creo late en lo profundo, pero que muchas personas no saben expresar o traducirse incluso ante el espejo: LOS DERECHOS SON PARA TODAS LAS PERSONAS. Nada que provenga de la vanguardia, del pensamiento de izquierda, del amor al prójimo puede darle la espalda a ese principio.

¿Qué es difícil romper con los prejuicios y duele? Claro. Pregúntenle a la generación que pasa de los 70 años cómo se sentía el racismo y por qué, como afirma un estudio del Instituto de Antropología, percibieron menos discriminación racial a partir de 1959. Pregúntenle a quienes pasan de los 60 años qué vivieron las parejas interraciales durante las primeras décadas de la revolución y pregunten hoy a las familias que superaron la homofobia y la transfobia cómo fue el camino hacia la comprensión y la celebración.

Más derechos para más personas, generará más felicidad, más sentido de justicia y crecimiento social. Y lo más importante para mí, hará más sólidas las bases de una sociedad en la que no es tolerable la discriminación y la desprotección legal bajo ningún concepto. Por eso, como dice mi papá, el problema no es el 68. Yo, como él, sigo creyendo en la capacidad de este país para crecer.

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