Una sola Revolución

Por: Marilys Suárez Moreno
Publicado: 09/10/2018

                             

Fue una decisión audaz y poco comprendida por muchos, adelantar la fecha de inicio de la insurrección para el 10 de octubre de 1868, cuando inicialmente el alzamiento se había fijado para el día 14 de ese mes. Pero Carlos Manuel de Céspedes sabía que era vigilado de cerca por las autoridades coloniales y que en cualquier momento podría ser apresado, junto al resto de los complotados, yantes que se asomara el sol, la campana del ingenio La Demajagua anunció la lucha continuada de un pueblo que, una vez afirmada su nacionalidad, quería forjar su propio destino.

 Pero el mejor gesto de aquel día, según lo vio Martí, estuvo más que en el levantamiento en armas, en la lúcida resolución de Céspedes, quien dio la doble libertad a sus esclavos: la de hacerse responsable de sus días y conquistar la independencia de aquella tierra suya, por cuanto la habían fecundado con su trabajo.

Rompiendo los prejuicios de la época, que limitaban la actividad femenina al círculo doméstico, mujeres como Mariana Grajales, Ana Betancourt, Candelaria Figueredo, Dominga Moncada, Lucía Iñíguez, Rosa La Bayamesa y María Cabrales, entre otras muchas de real hondura, desplegaron su quehacer revolucionario en los más disímiles y necesarios frentes de lucha insurreccional.

La guerra se inició con un revés para las tropas cubanas, pero Céspedes, no se amilanó. “Aún quedan 12 hombres, ¡bastan para hacer la independencia de Cuba!” Con entusiasmo y coraje la  pequeña tropa mambisa se repuso de la derrota y a los pocos días entraba triunfante en Bayamo, ciudad del Oriente del país que estuvo tres meses en poder de los insurrectos. Allí se constituyó el primer gobierno en territorio libre de Cuba.

Atacados por fuerzas superiores, las huestes insurrectas  tuvieron que abandonar la ciudad, produciéndose entonces un hecho heroico: los bayameses prefirieron darle fuego antes que entregarla al enemigo. Los españoles encontraron cenizas de aquel pueblo heroico.

La campaña proclamada por Céspedes se expandió por toda Cuba durante 10 años imborrables, no exentos de contradicciones económicas, sociales y políticas, intereses personales y regionales y discrepancias de carácter estratégico en la conducción de la guerra, pero dejó un valiosísimo caudal de experiencia y los arrestos rebeldes de hombres como  Maceo, quien alzó su voz en Baraguá para salvar el prestigio de la revolución del 68.

Aquella epopeya devino escuela fecunda de dignidad y rebeldía de un pueblo que comenzaba a nacer en la historia, como bien dijo Fidel. La primera de nuestras tres guerras de independencia, no desembocó en victoria. Golpeada por el Zanjón y la infamia de los débiles, vio truncarse la lucha, si bien preparó las condiciones para continuadas victorias.

Del viril ejemplo de La Demajagua, surgieron patriotas decididos a continuar luchando. Hombres como José Martí, quien aunó voluntades y hermanó a los veteranos y los jóvenes para emprender una nueva y necesaria guerra, partiendo de aquellas experiencias

 La gesta del 95 encendió otra vez la rebeldía y devino símbolo de las tradiciones de lucha de la nación. Una lucha que no cesó nunca, pues cada generación supo aportar sus héroes, sus mártires, en un prolongado relevo por reivindicar para la patria su definitiva y total independencia.

A 150 años en el tiempo y desde el desarrollo de las ideas libertadoras, muchos de los ideales de aquellos patriotas han ido evolucionando y transformando la conciencia colectiva del pueblo, señalando nuevos andares en la lucha.

La Guerra Chiquita, la del 95 y todas las luchas posteriores son etapas de la epopeya iniciada en La Demajagua y devinieron símbolos de las tradiciones  combativas palpitantes en la nación cubana. Por eso pudo decir Fidel: “Nosotros entonces habríamos sido como ellos. Ellos hoy hubieran sido como nosotros”.

Los que ayer nos fundaron como nación, con más moral y vergüenza que armas, nos guiaron e inspiraron. A siglo y medio de aquella gesta continuadora de otras y otras batallas, entre reveses y victorias fecundas, los que con Fidel asaltaron el Moncada, vinieron en el Granma y lucharon en la Sierra y la clandestinidad, recogieron sus banderas y pusieron epilogo de Revolución a tanta historia.

 La nación que sello su existencia el 10 de octubre de 1868, se mantiene hoy digna y vigilante en la defensa del sueño conquistado definitivamente.

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