¿Qué esperar cuando estás esperando?

Por: Liena María Nieves
Publicado: 11/10/2018

                   

Desde siempre, a las mujeres se nos han exigido estándares de campeonas en cualesquiera de los roles que asumamos. Hijas mansas, amantes feroces y madres inmoladas; en ese orden y con niveles óptimos de disciplina. No se supone que sea de otra manera. Dígase mujer —hetero, homo o bisexual—, y todo sacrificio externo parecerá mísero en comparación con el elevado patrón de hembras que debemos encarnar a pie juntillas.

Pero dígase hombre, y la historia frena en seco. El macho reclama, así posea más sesos que testosterona. Tiene derecho a hacerlo: a la abuela, a la madre, a la hermana, a la que le dio un hijo o a la que prometió querer y respetar. Nosotras los educamos para eso. Desde el momento en punto en que la culpa se nos viene encima por sentirnos más cansadas que dispuestas a separar las rodillas, o porque los años nos ablandaron el cuerpo, damos por hecho que solo merecemos ser amadas si colmamos las expectativas. Casi como cajeros automáticos.

Sin embargo, feminismo aparte, no pienso dedicar estas líneas al lloriqueo de mis congéneres y mucho menos a engordar una batalla entre mujeres y hombres. Refirámonos mejor a los derechos y carencias silenciados por las parejas, y no precisamente por falta de amor, sino de comunicación, autoestima y confianza en el otro.

En fin, hablemos de sexo y erotismo post alumbramiento, un tema que ya analizamos antes —Puerperio y maternidad: la hora cero de la mujer (13 de junio de 2015) —, aunque desde una perspectiva puramente fisiológica. No obstante, más allá de la obvia preocupación por temas de «cuarentena», anticoncepción y consejos para dominar las crisis nerviosas de puérperas y compañía, resulta en extremo recurrente conocer y escuchar de historias íntimas en las que la llegada del bebé casi taponó toda posibilidad de erotismo.

Claudia, la madre de Fabio, que a casi cuatro años del nacimiento no logra recobrar «el capítulo previo al sexo. Nada de juegos. El niño tiene el sueño muy ligero porque sufre de terrores nocturnos, así que tuvimos que colocar su camita a menos de medio metro de la nuestra. Solo coito, ¡y apurados!, ya que puede despertar en cualquier momento. Temo que si continuamos así desarrollaremos algún tipo de trastorno sexual, como anorgasmia o eyaculación precoz, pero confiamos en que en la medida en que pasen los años esta situación cambie y seamos los mismos de antes».

Alberto, el esposo de Irina, que la ve tan lejos, tan lejos, que en ocasiones siente que huye de él. «Tuvo un desgarramiento doble durante el parto y la recuperación fue más lenta de lo normal. Pasaron cinco meses y medio antes de que pudiéramos mantener relaciones íntimas y, cuando finalmente ocurrió, sentí que estaba a la defensiva. Me prohíbe hacer cosas que siempre habíamos disfrutado y estoy seguro de que esa reacción se debe a los  complejos por los cambios en su cuerpo. No sé cómo decirle que yo no estoy aquí para juzgarla, y que juntos superaríamos más rápido este proceso».

Yenisey, cuyos recuerdos sobre las 14 horas de entrañas al rojo vivo que transcurrieron desde la rotura de la fuente hasta que tuvo a su niña en los brazos, aún la angustian a niveles que pocos podrían deducir.

«Pero ya pasó un año —cuenta una amiga— y todavía ese resulta un tema permanente en sus conversaciones cotidianas. Que si las suturas, que si el dolor irresistible, que si no se reconoce de la cintura para abajo…Son millones las mujeres que hemos sobrevivido a lo mismo y no convertimos esa experiencia en un himno. Realmente agota a todos a su alrededor, fundamentalmente al esposo, que de continuar bajo asedio, llegará el momento en que se sentirá  culpable por haberla embarazado».

A ver, somos latinos, lo cual se traduce en una exacerbada predisposición a hiperbolizar lo que sea que nos suceda, más aún si se trata de este tipo de asuntos. Sin embargo, la parte de la que aún no dilucido los porqués, es la de marginar nuestra condición de seres naturalmente aptos para proveer y recibir placer. Fuera de impedimentos físicos o prescripciones médicas, nada indica que frustrar y/o estrechar el disfrute sexual de la pareja nos convertirá en madres y padres más virtuosos.

A estas alturas de la vida, con un preadolescente entre manos, me encomiendo, como siempre, a las palabras de mi abuela: «Para que un niño crezca feliz, necesita de padres que también lo sean».

Volver a las andadas…

En febrero de 2016, las principales revistas europeas de ginecobstetricia publicaron los resultados de una investigación realizada en Australia, consistente en darles seguimiento a 1507 madres en plena recuperación post parto. El estudio —centrado  en los tres, los seis y los 12 meses posteriores al alumbramiento— reveló que durante el primer trimestre, casi el 90% de las mujeres manifestaba trastornos en su salud sexual, y que un año después, la libido del 51% de las encuestadas no daba señales de retorno.  

Con esos truenos…pero que no decaigan los ánimos. La disminución del deseo sexual en la fase inicial tras el nacimiento no indica necesariamente problemas de índole afectiva, sino que constituye una consecuencia lógica del agotamiento físico y psíquico que supone, sobre todo para las madres, la adaptación a la nueva rutina.

Las experiencias dolorosas durante el coito también resultan más habituales de lo que la mayoría supone, aunque ello se vincula muchas veces al inicio apresurado de las relaciones sexuales. ¿Consecuencias?: aún después de haberse recuperado por completo, algunas mujeres continúan asociando la penetración con un recuerdo traumático que las inhibe.

La Dra. Esther de la Viuda, ginecóloga en el Hospital Universitario de Guadalajara y miembro del Comité Científico de la Sociedad Española de Ginecología y Obstetricia (SEGO), plantea que de la misma manera en que ninguna puérpera es igual a otra, las condicionantes que inciden en el reinicio de sus vidas íntimas tras el parto no resultan una camisa de fuerza de talla única.

«Aunque es frecuente recomendar esperar hasta que pase el periodo conocido como “cuarentena”, esto variará en función del tipo de parto (si ha sido vaginal o cesárea, si se ha realizado o no la episiotomía o se han producido desgarros) y de la situación de la mujer; si esta se encuentra bien, no hay inconveniente en que inicie las relaciones sexuales antes de ese periodo, aunque en ningún caso las debe mantener hasta que no haya finalizado el sangrado, ya que indica la existencia de heridas en el canal del parto susceptibles de infectarse».

Consejos para padres de estreno:

  • Para avanzar en la recuperación de la vida íntima tras el nacimiento del bebé, los padres no deben dudar en pedir ayuda. Si la madre es asistida por alguien de su confianza que pueda velar por el niño mientras duerme, tendría al menos un par de horas que dedicar al disfrute erótico. De hecho, los bebés menores de 8 meses suelen dormir de corrido durante más tiempo. Es decir, con suficiente planificación todos saldrían ganando.
  • El factor hormonal incide notablemente en la pérdida del deseo sexual. Tras el parto aumenta la prolactina —la hormona que estimula la lactancia— y disminuyen los estrógenos y, por tanto, la libido. En ese sentido, fortalecer  la parte psicológica de la mujer  constituye una estrategia que le hará ganar en autoconfianza y aptitud para disfrutar de su intimidad. 
  • La sequedad vaginal que describen muchas de las madres que lactan a sus bebés se debe a que el cambio hormonal provoca bajos niveles de estrógenos, condicionantes del adelgazamiento y la fragilidad del epitelio vaginal. Ello genera molestias y dificultades para mantener relaciones sexuales placenteras, aunque el uso de lubricantes y de condones alivian en gran medida.
  • Se aconseja que en el inicio de las relaciones coitales en el posparto, la mujer debe adoptar posturas en la que pueda controlar el grado de penetración y la intensidad. Cuando se trata de madres cesareadas, lo más prudente es evitar que el hombre se coloque encima.
  • Cuando amamantar al niño/a se emplea como anticonceptivo— conocido como Método de la Lactancia y la Amenorrea (MELA)—, se registran niveles de efectividad del 98% hasta los seis meses posteriores al parto. Sin embargo, se tienen que cumplir tres condiciones básicas: lactancia materna exclusiva, mantener una regularidad de tomas (entre cuatro y seis horas, incluidas las noches), y que no haya indicios de la menstruación. Si alguno de estos requisitos no se da, el especialista indicará cuál método resulta el idóneo para cada caso particular. 

El Dr. Modesto Rey, portavoz de la Sociedad Española de Contracepción (SEC), no coincide del todo con tales criterios. «Desde el punto de vista médico, no se recomienda el coito en los primeros 30 o 40 días para evitar posibles infecciones; si ha habido cesárea, se puede iniciar a los 20 días, siempre que la evolución de la mujer sea buena y no hayan surgido complicaciones. […] Fuera de las prácticas coitales, no debe haber limitaciones, es decir, si la mujer se encuentra bien física y emocionalmente, la pareja puede llevar a cabo otras prácticas sexuales».

En resumen: el rol femenino resulta concluyente en lo referido al acercamiento íntimo de los nuevos mamá y papá, aun cuando los hombres también reciben una carga de estrés que no siempre saben canalizar. Sin embargo, entre las montañas de pañales sucios y la permanente demanda de atención de la mujer y el bebé, la confusión que ellos sienten se asume como poco menos que un acto egoísta.

Rasiel sabe que es así. Le nacieron un par de varones «gritones y hambrientos como yo y, de buenas a primeras, lo único que quería mi mujer de mí era que trajera dinero para la casa, les hirviera los pomos de leche y lavara y tendiera los culeros. Fuera de esas funciones, no era más que un estorbo.

«Todos estábamos alterados por los cambios y la falta de sueño, pero que a uno le digan que lo quieren, aún bajo “las balas”, te llena de confianza. Puede que ahora seamos padres, y esa ha sido la bendición más linda de nuestra unión; sin embargo, desde mucho antes fuimos pareja. Quien olvide eso ya tiene perdida la batalla».

¿Y nosotras? ¿Quién hizo ley que la única atención que necesitamos es que nos atiborren a caldos y nos curen las heridas?

Penélope Alónso Vázquez, sexóloga, secretaria de la Asociación Estatal de Profesionales de la Sexología (AEPS) y directora del centro Vencellos, en Santiago de Compostela, España, aconseja que «tras un parto las muestras de cariño son fundamentales, que la pareja atienda a la mujer, que le dé masajes o que la acaricie sin exigencia erótica alguna hace que ella sienta su cercanía e incluso puede ayudarle a sentir excitación en algún momento. Lo interesante es que las muestras de afecto no desaparezcan, ya que son la base del erotismo».

Afecto. Así de inocente. En ese punto feliz y crítico de la existencia, los reclamos a la pareja ni se parecen a los caprichillos de antes. Lo innegociable es que una y otro precisan saberse amados, así sea compartiendo la cama para una siesta o fantaseando sobre el futuro de su pequeño. Y al principio quizás no sea fácil dedicarle ni medio minuto al romance, pero sí les aseguro que la gratificación mutua de sentirnos acompañados, nos fortalece como pareja y como padres.

La Dra. Ángela María Narváez, psicóloga experta en temas de familia y crianza en la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá, en Colombia, ofrece una perspectiva de incuestionable valor práctico: desde que comiencen a entender el mundo a su alrededor, mamá y papá deben comenzar a imponerles límites al niño/a, explicándole que su seguridad y cuidado constituyen su prioridad, pero que son personas independientes, con una vida en común que mantener.

«Hay que expresarles amor, pero ser claros en decirles que papá y mamá duermen en su propia cama y ellos tienen su espacio individual. Además, son los padres quienes deben decidir cuándo es la hora de dormir. […] Si no se alimenta el amor, los hijos crecerán y, en poco tiempo, ambos se sentirán como dos desconocidos».

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