Lidia y Clodomira, heroísmo y grandeza

Por: Marilys Suárez Moreno
Publicado: 14/09/2018

                                             

Los toques en la puerta del apartamento 11 del edificio situado en la calla Santa Rita, en el reparto Juanelo, fue el preludio para el crimen. Era la madrugada del 12 de septiembre de 1958. Buscados por la tiranía por sus acciones clandestinas, los jóvenes revolucionarios Alberto Álvarez, Reinaldo Cruz, Onelio Dampiel y Leonardo Valdés, todos integrantes del Movimiento 26 de Julio en el municipio de Regla, fueron ultimados allí mismo, producto de una delación. En esa propia vivienda fueron apresadas las luchadoras Lidia Doce Sánchez y Clodomira Ferrals Acosta, asesinadas presumiblemente el día 17. Las dos últimas estaban en La Habana cumpliendo misiones como mensajeras del Che y Fidel.

Un mes antes, Lydia Doce había arribado a la capital para cumplir una gestión. Días después, lo hizo Clodomira Acosta para igual cometido. Enterada Lydia de la presencia de su compañera de luchas, decidió llevarla a un sitio que creyó mas seguro, en el reparto Juanelo. Tras el allanamiento y asesinato de los jóvenes luchadores que allí estaban, Clodomira y Lidia, heridas, fueron llevadas a la oncena Estación, donde sufrieron horribles torturas.

Después, a pedido del asesino Julio Laurent, jefe del Servicio de Inteligencia Naval, quien llamó a Ventura para que le entregara a ambas mujeres, este le dijo que se” las enviaba prestadas, pero que les habían pegado tanto que una se encontraba sin conocimiento y la otra tenia la boca tan destrozada que solo se le entendían malas palabras”.. En poder de Laurent, ya moribundas, las metieron en una lancha y en sacos llenos de piedra las hundieron una y otra vez en el agua, a fin de hacerlas hablar. Al final, ambas sucumbieron. Sus cadáveres nunca aparecieron.

Los nombres de Lidia y Clodomira van unidos por el coraje, la similitud de origen y el destino. Lidia Doce Sánchez y Clodomira Acosta Ferrales simbolizan el valor y el deber, la voluntad probada en la lucha revolucionaria.

Juntas enfrentaron la tortura y la muerte. Ninguna traicionó  la causa en la que creían, en la que habían volcado la fuerza de su pasión y su sacrificio. Como mensajeras de la Sierra, Lidia y Clodomira se convirtieron en inseparables compañeras de peligro. Burlaron en diversas oportunidades los cercos y las emboscadas enemigas para cumplir a riesgo de sus vidas las misiones señalas por Fidel y el Che. 

Lidia Doce Sánchez, la mayor, nació el 27 de agosto de 1916 en Velazco, zona cercana a Holguín. Divorciada dos veces, tenía tres hijos, los que habían quedado en Oriente mientras ella se trasladaba a La Habana para colocarse como doméstica. La falsa noticia de que su hijo mayor había caído en un combate, la hizo volar hasta San Pablo de Yao, en las estribaciones de la Sierra. Después del feliz reencuentro dio un vuelco a su vida y se incorporó a la columna del Che. Desde aquel momento Lidia Doce Sánchez realizó riesgosas tareas de enlace entre los grupos revolucionarios y como mensajera llevó importantes comunicaciones.

En Cayayal, macizo montañoso de la Sierra, nació el primero de febrero de 1937 Clodomira Acosta Ferrals. Criada entre siete hermanos, sin juguetes, sin escuela, ayudando en las tareas agrícolas, primero y luego como doméstica, Clodomira poseía una inteligencia natural fuera de lo común.

Con 20 años se sumó como a las fuerzas rebeldes. Después pasó a la Comandancia General que comenzó a enviarla a misiones como enlace o mensajera. Una de esas tareas, cumplidas satisfactoriamente por Clodomira, fue llevar a La Habana el mensaje de Fidel para desencadenar la huelga de abril. En cumplimiento de sus respectivas misiones ambas se encuentran en La Habana el 10 de septiembre de 1958. Siete días más tarde pasarían a la inmortalidad. Sus ejemplos, heroísmo y grandeza las hacen inolvidables heroínas de la Patria.  

 

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