Murallas y fortalezas en la memoria del tiempo

Por: Marilys Suárez Moreno
Publicado: 14/09/2018

                                                      

La bella capital de Cuba anda próxima a su medio milenio de existencia. Demás esta decir que posee una riqueza cultural, social, histórica y patrimonial que ni la imaginación mas fértil es capaz de soñar.

Dueña de un puerto muy alargado., la entrada de la bahía es estrecha y se va ampliando hacia el interior con un gran calado que permite fondear barcos de todos los tamaños. De ahí que se le considere la llave del golfo.

Esa posición geográfica la hacia paso obligado para el que llegaba a América tanto a la del Norte como a la del Sur. En tiempos de la colonia, aquí se reunían los barcos que transportaban los tesoros de Perú, México y otros territorios de tierra firme. Esperaban en el puerto y salían hacia España formando una flota para mejor defenderse en caso de ataque enemigo.

Codiciada por corsarios y piratas, que querían apoderarse de estas riquezas, no le quedo mas remedio al gobierno español que enfrascarse en la fortificación de la Ciudad. Y de inmediato comenzaron a construirse las fortalezas de la Punta, El Morro, la Cabaña y los torreones de La Chorrera y San Lázaro, entre las primeras construcciones militares en edificarse en América.

Dado que por tierra también podía llegar el enemigo y burlar toda vigilancia, la ciudad empezó a amurallarse. Eso fue a fines del siglo XVI. La idea de amurallar a San Cristóbal de La Habana llevó su tiempo. Tanto, que el proyecto no se hizo realidad hasta muchos años después.

Primero se pensó en acometer la construcción en piedra y se solicito autorización y ayuda económica al gobierno de la Península. Dilación en los trámites, falta de dinero y otros peros, fueron alargando la decisión de atrincherar a La Habana.

Pasado el tiempo, se empezó la construcción en madera, lo que resulto muy frágil y se desechó enseguida. La Corona pretendía que los vecinos aportaran el material y mano de obra esclava, pero estos protestaron y ahí quedó todo. Después idearon cavar fosos de agua para rodear la ciudad, igual que los castillos medievales de la vieja Europa. Opción fallida también.

No fue hasta 1674 que el gobernador Francisco Rodríguez de Ledesma logro la aprobación y el presupuesto necesario para iniciar las obras de las murallas utilizando piedras. Se dio un plazo de tres años para su terminación, pero no fue hasta 66 años después de empezada su edificación que se pudo terminar la misma.

A partir de entonces, el entorno urbano de La Habana tuvo otras características. Nueve puertas que se abrían y cerraban a determinadas horas del día  la cerraban  Las más importantes eran las de La Punta, la que daba a la calle Reina y la llamada de La Muralla. A las nueve de la noche se trancaban todas, dando origen a una tradición que aun hoy se mantiene, la del cañonazo de las nueve, que se dispara desde la fortaleza de La  Cabaña y sirve a habaneras y habaneras para calibrar nuestros relojes.

Pero La Habana creció y creció y las murallas ya no podían detener su auge. De hecho, se llamó intramuros al espacio urbano amurallado y extramuros a los barrios que crecían fuera de ella.  Con el tiempo, aquellas cercas de piedra se hicieron obsoletas, al surgir nuevos y mayores asentamientos urbanos, importantes avenidas, teatros, comercios, Paseos como el del Prado y diversas residencias, palacios y palacetes, que dieron al traste con las murallas. Estas tuvieron vida útil solo 123 años.

Hoy solo quedan algunos fragmentos, como el que se encuentra a un costado de la terminal de ferrocarriles, vestigios de piedra de lo que un día fueron enormes paredones pétreos de La Habana de ayer.

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