Independencia y responsabilidad, van de la mano

Por: Marilys Suárez Moreno
Publicado: 01/06/2018

Tomado de internetDany, Cristian, Beatriz, Alejandro y Amanda  son amigos del barrio y de la escuela. Sus edades fluctúan entre los 13 y 14 años, pero parecen tener completa libertad y pocos límites. Al menos, eso es lo que indica el comportamiento de cada uno de ellos. Todos se reúnen al salir de la secundaria y no son pocas las veces que se van a corretear por ahí sin llegarse a  casa para quitarse el uniforme. A veces son las 10 de la noche y ni siquiera han comido ni se han bañado, pues todo el tiempo les parece poco para estar en la calle.

Voluntarios y tercos, el grupo trata de hacer su voluntad a expensas de unos padres y familiares permisivos, al extremo de no saber muchas veces por donde andan sus hijos e hijas, qué hacen y con quienes se reúnen. Suponen que están en casa de alguno de ellos, pero en ocasiones, la llegada a casa de uno de los chicos o chicas, bastante tarde en la noche, deja entrever otras conductas.

De hecho, cuando algún adulto les reclama y sermonea, la respuesta de una u otro es la misma que expresan otros muchachos de esas edades: “Estos son otros tiempos”, “A fulanito lo dejan andar solo hasta bien tarde”, “Ustedes me castigan por cualquier cosa” y otras sandeces por el estilo.

Tal parece que la irresponsabilidad se adueña del comportamiento infantil en muchos hogares hoy día. Son aquellos donde los niños desconocen órdenes, autoridad, deberes. A fuerza de ser justos, no hay que culparlos, pues nunca tuvieron más sujeción que la que ellos mismos se dieron con la entera anuencia de sus padres, por lo general, la permisividad de la madre, más blanda a la hora de ponerle límites.

La realidad tiene leyes que el niño o niña debe aceptar, aun a riesgo de sufrir decepciones. Esto lo llevara a una definición paulatina de las demarcaciones y de acato a las enseñanzas respaldadas por el ejemplo familiar, lo que le proveerá un aval de valoraciones y principios éticos y sólidos. Entenderá, no tanto por lo racional (eso vendrá más adelante), sino por la consistencia. No por la sinrazón ni la ductilidad que hacen de un “no” un “si”, por cansancio, sino por la conciencia adquirida de sus propias limitaciones.

Desde edades bien tempranas, niñas y niños tienen que saber que la vida no es un hacer lo que nos venga en ganas; que hay leyes, normativas, responsabilidades y conductas que deben de seguirse y que son necesarias para su socialización: es decir, que sepa exactamente qué se espera de él o ella y por qué debe de acatar los límites que se le impongan por la familia.

Aplicarlas, significa hacerles ver que no pueden actuar por cuenta propia, violando los mandatos establecidos por sus padres. No se trata de prohibirles que jueguen, que compartan con sus amigos y amigas, que estudien juntos y disfruten de algún que otro paseo en grupo, sino de que respondan a los horarios exigidos en tiempo y forma, así como al lugar donde piensan pasear o reunirse. Aprender a actuar con responsabilidad los hará más comprometidos, amén de conllevar una  definición de sus espacios y obligaciones. Ceder por el temor a berrinches, para que nos dejen tranquilos o porque pensamos que ya son “grandes”, puede dar al traste con lo que el menor precisa: estabilidad, disciplina y un comportamiento adecuado a las pautas propias de la edad.

Restringir sus andanzas, vigilarlo de cerca, saber quiénes son sus amigos y que padres tienen estos, no es una arbitrariedad. Es ayudarlo a vivir más plenamente en el medio social donde se desarrolla, lo que comporta una progresiva aceptación del principio de realidad que poco a poco se va imponiendo sobre el del placer, que rige la vida infantil.

Pero si hoy le permitimos que viole determinados lindes sin preocuparnos mucho más allá de un grito o una blasfemia, el comportamiento se repetirá, consciente de que cada trasgresión sin respuesta debida es un paso adelante en el logro de una autonomía a deshora. Como hemos repetido en otras ocasiones, la vida infantil está compuesta de etapas y éstas no deben violarse así porque sí.

La blandura, sobreprotección extrema o la despreocupación de determinados padres, conduce a una permisividad que a la postre resultara negativa. El infante debe de saber que hay reglas e impedimentos que tiene que aceptar, aunque haya cuestiones que queden fuera de su comprensión por el momento. Saber que sus padres y demás familiares no lo pierden de vista, que regulan sus acciones y posibles consecuencias que aunque vaya ganando en independencia, según su edad, ésta irá en correspondencia con sus deberes y responsabilidades, le permitirá comportarse como es debido. Con el tiempo sabrá valorarlo.

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