Respeta para que te respeten

Por: Francisco Rodríguez Cruz
Publicado: 11/05/2018

En casi todas las situaciones de la vida, lo más difícil es predicar con el ejemplo. Con frecuencia vemos en la calle que una persona achaca a otra que tenga mala educación, pero a veces el mismo reclamo que hace lo manifiesta de una forma bastante descompuesta y fuera de esa misma lógica.

El respeto y la educación formal hay que cultivarlos desde las más tempranas edades, no se puede imponer ni mucho menos impostar o imitar.

Muchas personas en Cuba se preocupan por las señales reiteradas de cierto deterioro en las normas de conducta en lugares públicos y otras actitudes que denotan falta de civismo y de educación para vivir en sociedad.

No obstante, pocas veces se llega a la simple deducción de que el primer educado debe ser uno mismo para poder exigir después al resto de las personas.

No considero además que el enfoque correcto que debamos darles a estos comportamientos inadecuados transite por una simple distinción generacional. Decir que los adolescentes y los jóvenes suelen ser mal educados, no solamente desconoce la responsabilidad que hemos tenido y tenemos los adultos en estas conductas, sino que incluso en las actuales circunstancias es un planteamiento inexacto.

Porque lo cierto es que la vulgaridad, la grosería, la no observancia de esas elementales normas de cortesía y respeto que deben primar en las relaciones humanas, no son hoy —lamentablemente— solo un problema de la juventud.

Por otra parte, es cierto también que la propia evolución de las sociedades modernas hacia formas de organización y convivencia más democráticas y participativas, hace que las distancias formales entre los grupos poblacionales y hacia el interior de la familia se acorten y tiendan a debilitarse ciertas jerarquías sociales o económicas excesivas que antes marcaban de manera poco flexible la relación entre sus miembros.

Pero ello no debe conllevar a una pérdida de los límites y del reconocimiento del derecho y el espacio del otro, ni una renuncia a los modos correctos de dirigirnos hacia las otras personas, con un lenguaje y maneras que expresen nuestro reconocimiento y sentido común.

Saber adecuar nuestro trato y discurso, ya sea al dirigirnos a alguien a quien acabamos de conocer o hacia otra persona cuya labor, trayectoria, experiencia y dignidad sean un ejemplo socialmente reconocido por una amplia mayoría —y en este enunciado cabe incluir desde el maestro hasta el anciano— es más que una pura formalidad. Es en verdad un asunto de cultura.

Y como casi todas las problemáticas que tienen una dimensión cultural, este tipo de educación se fomenta a lo largo del tiempo y sobre todo, a partir del ejemplo personal que seamos capaces de ofrecer en nuestra vida cotidiana a quienes nos rodean, en particular en el seno de la familia, y también en las escuelas, colectivos laborales y otros espacios públicos.

Ser una persona educada no es un mero rasgo formal, no, para nada. Es un atributo esencial que habla de nuestra más profunda e íntima calidad como seres humanos. Y reitero, hay que empezar por uno mismo. Como nos decía mi abuela, respeta para que te respeten.

(Haciendo Radio)

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