Miriam, la pediatra

Por: Dayamis Sotolongo
Publicado: 12/01/2018

Cuando la muchacha dispuesta y jovial que, presumo, era, llegó a Placetas con la carta de ubicación bajo el brazo y mil y una añoranzas en la mochila no le quedó más remedio que darse media vuelta y emprender otro camino. Sancti Spíritus nunca estuvo en los planes de la doctora Miriam González Oliva; mas, sería su destino.

“A mí me habían ubicado de directora del Hospital Regional de Placetas y llegué con mi jolonguito y me dijeron: No, nosotros la necesitamos en Sancti Spíritus”.

Tenía apenas 21 años y el entonces Hospital Pediátrico espirituano la recibía con escasas salas —únicamente existían los servicios de gastro, misceláneas y respiratorio, según cuenta—, solo tres especialistas y un montón de casos por atender.

Sería como para recordarlo de por vida: guardia un día sí y otro no; pases de visita en el hospital, primero, y, luego, en la sala de Misceláneas que funcionaba al lado del antiguo hospital; después, consultas en los municipios… Pero lo verdaderamente sobrecogedor de aquellos días fue su guardia de estreno.

 “Se me murieron cinco niños —revela—; así de graves me los entregaron. Y no fue porque fuera una inepta, era una inexperta pero no una inepta. Lo único que hacía era llorar y una pantrista se me sentó al lado y me dijo: no llores que eso aquí ocurre todos los días, pero mientras estén llegando médicos como usted y el que la acompaña, con tanto sentimiento, esto va a mejorar”.

Fueron tan solo los primeros retos. Sobrevendrían otros: tomar las riendas de la subdirección, siendo recién graduada, hasta una década después; llevar la residencia en Pediatría a la par del embarazo; estudiar incansablemente para ser la primera pediatra formada en Sancti Spíritus y para enseñar, a la postre, a muchos más… Ni aun en aquellos momentos difíciles dejó de apostar por especializarse en la atención a los pequeños.

“Desde niña me gustaba y lo decía: voy a ser pediatra; de no haber hecho Pediatría General hubiera hecho una especialidad afín. No obstante, tuve posibilidad de hacer Hematología, me gustaba pero ya tenía una niña pequeña y mi esposo estaba en Angola y el hospital necesitaba de mí, porque tenía que ir a La Habana a pasar unos cursos de Genética para poder iniciar aquí la Genética Médica y los hice para que se aprobara en la provincia el programa de diagnóstico prenatal. Fui la primera que le tiró a la Genética Clínica aquí”.

Quizás por esos azares del destino asistiría también a otros partos como el nacimiento del Policlínico Sur y la sala de Terapia Intensiva del propio hospital infantil; la formación de los primeros pediatras en tierras espirituanas…

Ha sido una comunión de años, pese a desvelos y achaques de más. Pero el Pediátrico viene a ser su otro hogar; de lo contrario, cómo resistirse, con más de seis décadas de vida, a los pases de visita matutinos, a las conferencias con los estudiantes o a los seminarios con los residentes.

“Amo la Pediatría y la docencia; son dos cosas que no puedo separar en mi vida nunca. Ese momento ahí con los estudiantes me compensa para seguir adelante. Tengo necesidades materiales como todo el mundo, pero el trabajo me ha dado muchas satisfacciones morales: soy profesora de mérito —y, además, la única pediatra de la provincia con la condición de profesora consultante—, tengo la Orden por la Educación Cubana, el premio Tiza de Oro, he cumplido misiones internacionalistas… y eso me llena”.

Y le ha dejado no pocas secuelas, como las de sus experiencias en Sierra Leona, en el 2005, donde le enfermó comprobar, a pesar suyo, que la salud también se mercantiliza. “Llegué allí cuando estaba todo en ruinas y el Chlidren’s Hospital estaba lleno de metralla. Cuando me llevaron me tuve que aguantar, porque imagínese usted ver las cunas de los niños carbonizadas…; no pude trabajar allí el primer año, sino que me llevaron a una clínica privada y en el segundo año a un hospital público.

“Me marcó lo que había detrás de la fachada: el que no tenía dinero no podía pasar a que yo lo viera. Me fue mal de salud en el sentido de que perdí mucho de peso, lloraba, sufría mucho con esa situación. Varias veces vi niños convulsionando y si no pagaban el ámpula de Diazepam seguían convulsionando; eso fue durísimo”.

Mas, nada le ha mellado el ímpetu de lidiar cada día con las dolencias infantiles. Bastaría, quizás, advertirla en medio de aquel abejeo de muchachos dando lecciones o examinando a un niño para presumir tal consagración.

“Yo tengo pasión por la Pediatría y por la Medicina, si volviera a nacer sería pediatra; eso me satisface mucho. Voy por la calle y los niños me besan y yo los abrazo. Aquí en el hospital se sufre, pero ese sufrimiento es compensado porque el niño es muy agradecido”.

Ha sido un sacerdocio de por vida; tanto que ni en los días de descanso la casa cierra puertas al consultorio en que a veces se convierte. Quizás, porque desde hace muchos años lo mismo en la sala de Respiratorio, del Hospital Pediátrico, que cuando desanda las calles espirituanas, Miriam no es Miriam así a secas, sino que ha pasado a nombrarse para todos Miriam, la pediatra.    

Tomado de Escambray

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