Niños inquietos

Por: Marilys Suárez Moreno
Publicado: 29/06/2017

No son pocos los padres que se quejan de la intranquilidad de sus hijos, varones particularmente. Argumentan que no se están quietos, que no paran de jugar, de correr y hasta durmiendo se muestran ansiosos. De hecho, tratan de imponer a como sea su autoridad, generalmente a fuerza de golpes y castigos.

Cada periodo de la vida infantil tiene actividades que lo caracterizan y posibilitan el desarrollo físico e intelectual del infante. No todos los niños se comportan del mismo modo, por lo regular, aun entre los hermanos, unos tienen el temperamento inquieto, otros calmoso, suave. Conviene no confundir la natural inquietud y vivacidad del niño o niña, que suele ser síntoma de exuberante salud y carácter extrovertido, con la impaciencia extrema que puede tener ciertos significados patológicos de tipo nervioso.

Los pequeños siempre están deseosos de hacer algo. Se mueven, saltan, corren. A veces los mayores lo frenan, ya sea por temor a que se lastimen, porque su bullicio molesta, o por cualquier otra causa, ignorando  la vital importancia de esa inquietud natural de dicha etapa de la vida

Es indispensable ofrecerle al muchacho la oportunidad de actuar, y además, cuando se muestre inhibido, despertarle el interés para que participe en las actividades propias de la edad, que lo familiarizan con las personas y las cosas que lo rodean.

Cuando la natural inquietud infantil rebasa ciertos límites, es lógico que se piense en un posible trastorno. Sin embargo, no debemos ponerle el sello de hiperactivo simplemente porque se muestra demasiado impaciente. La conducta infantil hay que analizarla en un contexto integral. A lo mejor el niño mantiene una excesiva actividad en el hogar, pero se comporta normalmente en el círculo, las Vías No Formales, la escuela u otro ámbito social. De ser así, no puede calificársele de hiperactivo. Lo más probable es que trate de gastar las energías propias de su edad. Los hiperactivos se caracterizan por no poder permanecer sentados mucho tiempo, ni realizando la misma actividad. Son incapaces de controlar sus impulsos: también presentan estados ansiosos provocados por problemas familiares: trato agresivo, divorcio de la pareja y otros, acarrean desajustes mayores en ellos.

El infante inquieto, alegre, siempre con deseos de jugar, que da” cierta guerra” en la casa, puede ser encaminado para adaptarlo a las normas indispensables, pero conducirlo requiere tacto, delicadeza. Nunca violencia, pues puede transformarse en un rebelde si lo tratamos con dureza y ser altamente peligroso si lo« clasificamos a priori como un inadaptado.

Conviene, por tanto, tener paciencia y dulzura. Solamente si sus manifestaciones se exageran o no responde a la  buena educación de la familia, será necesario consultar con el pediatra primero, con el psicólogo más tarde. Pues no sería extraño encontrar en la niña o niño alguna falla producida por temor, ansiedad, falta de atención, etc., o por algún defecto de orden físico: traumas crónicos del parto, de una caída o  secuelas de ciertas enfermedades infecciosas.

En casos tales, no hay duda, el niño tiene que ser sometido a  tratamiento médico para tratar de poner remedio al mal lo antes posible. En cualquiera de ambos tipos, sea el inquieto natural de carácter alegre, como el que sufra de algún trastorno psíquico o físico, la intranquilidad no se cura ni se mejora con violencia, regaño y gritería, sino con paciencia y dulzura sin que esto quiera decir consentimiento o indiferencia.

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