Pasión por servir

Publicado: 07/06/2016

 

“Está solo en la institución que es todo su existir. Solo entre los libros a los que dio su juventud ambiciosa, su edad viril, y a la que está dando, como un homenaje desesperado y ardiente, su edad madura. Solo entre los libros que conocen la ternura de su alma solitaria, la dulzura de sus manos amorosas, la desesperación de sus fracasos, el dolor de sus debilidades y la fuerza de su pasión”.

A un relato titulado Locura de amor pertenece este fragmento en el que la escritora Renée Méndez Capote describe con precisión un conmovedor episodio que protagonizara Carlos Vi­llanueva Llamas,  hombre sencillo e imprescindible que no puede dejar de mencionarse cuando se disponga hablar de la Biblioteca Nacional cubana.

Tres veces repite la autora que el hombre estaba  “solo” y otras tantas y bien explícitas aparecen en el texto completo, para poder  justificar  su título (Locura…), que alude a la proeza llevada a cabo por este  trabajador incansable  cuando en la noche en   que el ciclón del 44  azotó La Habana, optó por quedarse en la Biblioteca —entonces ubicada en el Castillo de la Fuerza— para salvar del desastre la fortuna literaria que allí se guardaba.

Como un poseso de amor, dice Méndez Capote, cubierto con su vieja capa y provisto de farol y linterna, atormentado y queriendo abarcarlo todo, recorría una y otra vez la fortaleza, por si era preciso cerrar alguna ventana violentada por las ráfagas.

Dicho así, pudiera parecer que se trata simplemente de un celoso cumplidor de su deber, que entendió que debía proteger “el tesoro acumulado por los siglos”;  sin embargo, la decisión de permanecer allí mientras el huracán se enseñoreaba con la ciudad y le dejaba al otro día una estampa de árboles desarraigados, edificios derruidos y cadáveres, era mucho más que eso, porque hallándose muy cerca del “mar endemoniado”, cualquier madero u otro artefacto derribado por el viento, incluso dentro del castillo, pudo haber acabado en el acto con su vida.

Recordar en este día, en que se conmemora el Día del Bibliotecario, a este hombre genial, que trabajó en la Biblioteca por más de 60 años y que hizo de ella su razón de ser, es un modo de tomar en cuenta a los tantos que en nuestro país se desempeñan en esta noble y necesaria labor, que no solo nos entrega el libro solicitado, sino que tantas veces acorta el camino hacia el saber a causa de sus recomendaciones e instancias.

Como él son muchos los bibliotecarios —mu­jeres en su mayoría, aunque también hombres— que ven en los libros un amor semejante al que se tiene por los hijos o por la persona amada, a juzgar por la pasión con que se entregan al oficio. Tal vez por eso sea esta una de las labores que difícilmente se abandonan. No son pocos los casos de profesionales que han dedicado toda su vida a esta tarea que los ha visto envejecer, sin dejar de mostrar esa faz efusiva y cálida que los identifica.

Dicen que este hombre, que fue dentro de ese templo del saber, guardia o vigilante de salón, estacionario, encargado de materiales, y un excelente referencista, aceptó solo provisionalmente el cargo de director de la institución, porque en­tendió que otros podían hacerlo mejor que él. Recordarlo hoy es honrar también a Don Domingo Figarola Caneda; Emilio Roig de Leuchsenring; Francisco de Paula Coronado; José Antonio Ramos y María Teresa Freyre de Andrade, entre muchos otros nombres insignes que aportaron e hicieron en su momento todo lo que estuvo a su alcance para hacer de la Biblioteca un recinto de luz.

Cuando al triunfo de la Revolución Cubana la Biblioteca —antes sostenida por intelectuales de bien, con cuyo sustento no era suficiente para do­tarla de todo lo necesario— pasó a ser cobijada por los proyectos de la nueva dirigencia del país, Vi­llanueva fue completamente feliz, porque, de­cía, esta es la Biblioteca que siempre soñé.

Hoy que esta institución llega a sus 115 años, convertida en rectora metodológica de las 399  que se dispersan a lo largo y ancho de la Isla, no podemos menos que honrar a todos los que la hicieron y la hacen una catedral posible, abierta a todos los que quieran en ella apagar la sed de la duda, o saborear en sus predios  el gusto de la sabiduría.

Tomado de Granma

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