Ala de Coral

Por: María del Carmen Mestas
Publicado: 25/06/2020

Había amanecido. Me vestí para ir a la escuela, tomé rápido el desayuno y al salir la sorpresa me paralizó: una paloma estaba tendida en el suelo. Y parecía herida. La cogí  en mis manos, pronto mojadas con su sangre. El ave temblaba de dolor y con sus ojos me pedía ayuda…Sin que me vieran, la trasladé al jardín.

En la vieja fuente le curé la herida y le entablillé el ala como pude. La acaricié y miré el reloj: “Hoy sí no me quitan el regaño del director de encima”. Ya lo veía con sus espejuelos de cristal muy grueso, preguntándome qué me había pasado y diciendo” Esto no debe repetirse”.

Durante el recreo le conté a la pandilla lo sucedido y a todos les crecía la impaciencia  porque terminaran las clases.

Cuando al fin  salimos, parecíamos bólidos corriendo hasta la casa.

Al llegar, nos acercamos sin hacer ruido; allí estaba, echada sobre un montón de hojas secas sin poder alzar el vuelo como quizás ella quería.

Miguel, el Flaco, trajo un montón de maíz, Yoli, una vieja frazada para acurrucarla mejor. Pensé en llevarla a mi  cuarto, pero estaba seguro de que mamá no lo permitiría. Hicimos un pequeño consejo y el grupo decidió hacer una cama de hojas encima de uno de los troncos del flamboyán para que ningún animal la atacara.

Esa noche apenas pude dormir: la idea de que la paloma pudiera caerse del árbol me angustiaba. A las seis ya yo estaba en pie. º         Escuché a mamá: “¿Qué te ocurre?” Primera vez que no tengo que levantarte, porque eres tan dormilón que ni el despertador sientes”.

No le contesté. Me aseé y busqué una excusa para salir al jardín. “Arrópate bien, hijo, que la temperatura sigue bajando; ya lo decía ayer tu abuela, que tiene en las piernas el mejor barómetro del mundo. Y allí, en la rama más cercana del flamboyán, estaba mi paloma.

Fueron dos semanas de constante trajín. Ya la pandilla no le interesaba jugar: vivíamos pendientes de Coral, que con ese nombre la llamamos. Poco a poco se iba restableciendo y le cogimos tremendo cariño, y ella también nos los tenía. Se subía al hombre de Miguel, el Flaco: se cobijaba en el pecho de Yoli, picoteaba traviesa los zapatos de otros. Pero siempre hay un pero…  Un día, Coral  desapareció. Nos pusimos tristes y nos preguntamos por qué se había marchado así de repente.

Llegaron el verano, las playas, las excursiones y también me enfermé  con hepatitis. No sé qué me produjo más disgusto: saber  que estaba enfermo o que debía guardar reposo dos meses ¡Qué fastidio!, me decía, inconsolable. Mis amigos llenaron la mesita velador de  libros: Gulliver, El pirata de la pata de palo, historias fantásticas… obras que iba devorando una a una hasta que el tedio por los días de  encierro me iba ganando.

Una calurosa tarde sentí un currucucú muy cerca. Levanté la vista y vi a Coral en la ventana como pidiendo permiso para entrar. Me paré y fui en su busca. Con mucha suavidad picoteaba mis  manos y me miraba con una ternura muy grande. Todos los días venía y estaba hasta bien tarde en mi cuarto: se posaba en mis sábanas, en la cabecera de mi cama, encima de mis libros y luego partía.

La mañana que me dieron el alta, Coral apareció como otras veces, pero ahora venía acompañada de un palomo de pecho fuerte: los dos  hicieron graciosas piruetas y se perdieron a los lejos. Me asomé rápido a la ventana hasta que solo vi dos puntos  blancos en el inmenso cielo azul.   

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