Turbulencias de la edad preescolar

Por: Marilys Suárez Moreno
Publicado: 25/06/2020

Los primeros años de vida, desde el nacimiento hasta el ingreso en la escuela, constituyen una etapa de gran desarrollo físico y psíquico. Y aunque padre y madre aportan su propia experiencia, nunca estará de más conocer y aplicar las orientaciones de los especialistas en psicología infantil, pedagogos y otros estudiosos de la problemática educacional.

Tanto el varón como la hembra traen consigo determinadas particularidades autónomas heredadas de sus progenitores. Nace con un sistema nervioso y un cerebro capaz de regular todas las funciones psíquicas. Pero esto solo no determina la formación de la personalidad. A este factor es preciso añadirle el aportado por las condiciones sociales de  vida y, sobre todo, su educación.

En algún momento del segundo año el bebé se convierte en caminante. El horizonte se despeja y ante él se abre el mundo de la independencia. Según  un eminente pediatra norteamericano, el doctor Barry Brazelton, con el afán de caminar, empieza a experimentar una turbulenta ambivalencia. Ninguna otra etapa de la vida infantil está tan minada de angustiosas dudas, ni siquiera la adolescencia, aunque en su opinión, esta trae consigo una turbulencia parecida.

Por ejemplo, el menor de tres años que ha recibido una educación adecuada, habrá aprendido muchas cosas: comer solo, bañarse casi sin ayuda de nadie, vestirse y peinarse y, aunque no sea diestro en esos menesteres, coloca los objetos en su lugar y se pasa largos ratos jugando con sus juguetes .Es un niño o niña que trata de obrar sin ayuda de los demás.

Lamentablemente, algunos padres y madres desestiman la importancia que tiene para la primera infancia ir acumulando hábitos prácticos, el que sus esfuerzos de actuar por si solo cuenten con el máximo apoyo y estimulo de papá y mamá.

La edad preescolar es considerada por pedagogos y psicólogos como una etapa decisiva en el desarrollo infantil, pues en ella tienen lugar las primeras vivencias emocionales que pueden dejar una huella positiva o negativa para el resto de la vida. Estas vivencias se producen generalmente en el seno familiar, por eso es importante mantener un ambiente de armonía a su alrededor y, sobre todo, garantizarle amor, mucho amor acompañado de una sensación de apoyo y seguridad constantes.

No hay que olvidar que el adulto es el intermediario del niño o niña con su entorno y fuente de satisfacción de sus necesidades. Por lo que su crianza y educación está indisolublemente ligada a su futura proyección como ente social. Vale entonces establecer algunos principios generales validos para cualquier etapa de la infancia.

Lo primero es aceptarlo tal y como es, sin renunciar a hacerlo mejor. Debe primar en las relaciones con el niño las muestras de cariño y ternura, lo cual no significa falta de exigencia o de disciplina. Resulta muy perjudicial prohibir una cosa hoy y permitirla mañana. Las normas de disciplina deben cumplirse en conjunto con la familia hasta convertirlas en hábitos de conducta.

Demostrarle que lo amamos no desautoriza ni relaja la autoridad. Por el contrario, le enseña a amar también.

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