“Para mí la tierra es un regalo”

Por: Laíz Concepción Romero
Publicado: 29/06/2020

Rosita, como le dicen todos, emerge de la tierra. Es fuerte y sacrificada como el mismo proceso de obtener el azúcar de caña. Su vida no ha sido fácil, cuenta entre lágrimas - “soy llorona” – me alerta. Ella es pura emoción y cada lágrima que yace en sus mejillas guarda una historia para contar.

Desde que abrió sus ojos el campo la acogió como hija. Joaquín y Jovina se llamaron sus padres. Ellos tuvieron cinco hijos, tres hembras y dos varones. Rosita y sus hermanas como eran mayores empezaron primero que los varones a trabajar la tierra junto a su papá, mientras su mamá se quedaba en casa cuidando a sus hermanitos.

Entonces sus ojos verdes se oscurecieron y cabizbaja me cuenta lo que ocurrió en su octavo cumpleaños. “Ese día estaba recogiendo arroz con mi hermana mayor, habíamos llevado a mi hermano más pequeño porque mamá tenía que salir de urgencia para La Habana. Tuvo un accidente y murió, qué desgracia”, recuerda entre lágrimas.

Rosita y su familia habían recibido “el peor de los golpes”. “Recuerdo que mi tía le dijo a mi papá que ella se llevaría a mis hermanitos que eran los más chiquitos. Él dijo que no, porque la familia no podía separarse. Nos educó solo a los cinco y con amor nos enseñó a enfrentar la vida”.

Una enorme sonrisa desempaña su rostro afligido y mirándome fijamente dice: “Siempre estaré orgullosa de él”.

Ella y sus hermanos siguieron trabajando en el campo. Guataquear era lo que más le gustaba. Igual todos sembraban, enyugaban los bueyes, carreteaban. A una hora determinada, antes que el Sol se pusiera más intenso, regresaba a casa para hacer el almuerzo y llevárselo a su papá donde estuviera. Él no comía nada que no fuera hecho en su casa.

Cuando cumplió 19 años se casó. “Él estaba pasando el Servicio Militar aquí, nos enamoramos y tuve mi primera hija. Entonces mi esposo iba a trabajar al campo y yo cuidaba de la niña. Pero qué trabajo pasé… Nosotros no teníamos corriente, tenía que hacer todo lo de la casa, planchar, lavar, cocinar y atender a mi hija. Siempre le agradezco a Dios porque ella no se enfermaba, fue saludable desde chiquita”.

Cuando la niña empezó la escuela Rosita tenía que llevarla a caballo como tres kilómetros. Después hacía el almuerzo para llevarle a su familia que estaban trabajando en el campo. Regresaba y salía a recoger a su pequeña. Así eran todos sus días, evoca.

“Un día mi papá llegó y me dijo que nos íbamos a mudar para unas casas que estaban dando en la cooperativa y a él le tocaba una. Ya no soportaba ver los trabajos que yo pasaba. A mí me dio tanta alegría. Nos mudamos en el año 1987 y mi padre falleció tres años después. Sé que lo hizo por mí porque él nunca se hubiese ido de su casita”, cuenta.

Unos años más tarde Rosita tiene a su otro hijo. En aquel momento ya trabajaba en la CPA Camilo Cienfuegos de Bahía Honda en Artemisa. “Trabajé hasta que pude, después pedí la baja para cuidar el niño. Estuve cinco años en la casa. Cuando empezó en la escuela me incorporé”.

Ella se siente feliz porque sus dos hijos estudiaron. “Desde pequeños le inculqué la importancia de estudiar. Quería que aprendieran, se prepararan. Mi hija es veterinaria, pero trabaja como profesora en la secundaria. Cuando se graduó había muchos veterinarios y no tenía donde trabajar. Se ha apuntado en varios lugares y está esperando, mientras se dedica a enseñar. Mi hijo estudió hasta 12 grado, ahora se encuentra en la finca donde nací”.

Hablando de la finca donde naciste ¿Qué significa el campo para ti?

He pasado trabajo, la vida de la mujer rural no es fácil, pero si tuviera corriente para poder tener una lavadora y agua, regreso a mi finca. “No necesito nada más. Con esas dos cosas no hay quien me saque de ahí”. 

Su esposo es de Mantua y cuando tienen que visitar a su familia ella siente una gran alegría. “Ojalá viviera así, en mi finca, con un bando de gallinas, cerdos amarrados, el olor a rocío de las mañanas, el canto de los pájaros”.

Para Rosita el campo, la tierra no tienen comparación y si es el punto guajiro “ese sí me arrebata. Fíjate que en mi vida me he perdido el programa de televisión Palmas y cañas, solo dos veces”.

Asegura que si ella no ve este programa entonces su vida sería un velorio. Cuando termina ella se sienta a hacer décimas, se las aprende y las canta.  

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“Bueno ahora recuerdo una que le hice al arroz bolito, el cual es terrible. Fíjate que si lo cocinas para el almuerzo te aseguro que en la comida no tendrás que volver a hacer arroz”, relata entre risas.

Para comer arroz bolo se necesita molar de tigre o de jaguar,

un estómago de toro, un intestino de loro y un paladar de gorila,

te lo dan para la comida

y para el almuerzo también.

Dios que se lleve en el tren a quien el bolo lo persiga.

Después de trabajar tantos años en el campo ¿Sigue siendo guataquear lo que más disfrutas hacer?

“Sí, es lo que más me divierte. Ya no lo puedo hacer porque tengo una vértebra afectada en la cadera. Paso unos dolores terribles por eso es que cojeo”, cuenta.

En el hospital le dijeron que tenía que descansar e ir pensando en dejar el campo por el bien de su salud. “Solo le dije - sin el campo, me muero de tristeza -”, afirma con seguridad.

“Cuando llegué a la cooperativa mi jefe me estaba esperando para conocer qué me había dicho el médico. Al saber me separó de las labores en el campo y empecé en el cargo de organizadora de la Junta Directiva”, comenta.

Te encanta la pelota y tu equipo preferido es Pinar del Río. ¿Qué sucedió la primera vez que te dejaron ir a un partido de pelota?

Rosita se acomodó en su silla y empezó a reírse. “Este día mi hermana y yo convencimos a papá para que nos dejara ir a Orozco a ver a Pinar jugar. Pero primero pasamos por la tienda a comprarle unos zapatos a mi hermano. Él estaba chiquito, tenía dos años cuando murió mamá y nosotras lo cuidábamos. Nos fuimos para la parada los tres y ahí estuvimos como cinco horas. No pasó ninguna guagua, evoca.

Recuerdo que cada rato le preguntábamos al niño si tenía algo porque estaba muy tranquilo. El tiempo seguía pasando. La única guagua que pasó no nos servía y mi hermanito se paró del banco y nos dijo que él ya no podía más. Tenía los dedos rojitos cuando se quitó los zapatos porque le quedaron chiquitos. ¡Ay Dios mío, ni juego de pelota ni zapatos, papá nos va a matar!”, pensé.

Cuando le hicieron el cuento su padre reía sin parar. “Han pasado muchos años pero cada vez que nos acordamos como nos reímos los tres”, relata a carcajadas. 

El campo te vio nacer ¿Qué consejo le darías a las mujeres que al igual que tú trabajan la tierra?

“Lo primero es que no tengan miedo, pase lo que pase, las mujeres tenemos la fuerza de vencer, sobre todo las cubanas. Además, la mujer rural pasa tanto que aprende a no asustarse. En el campo he hecho de todo y mírame aquí. Para mí la tierra es un regalo, sobre todo ahora que pertenezco al Proyecto de Innovación Agropecuaria Local (PIAL)”, sostiene.

El PIAL ha cambiado tu vida ¿Por qué?

“Antes de pertenecer al PIAL vivía en un mundo cerrado. Del trabajo a la casa y viceversa. Cuando empieza el proyecto me incorporé. Los conocimientos adquiridos en los cursos son inigualables, intercambiar con otros campesinos, campesinas, ingenieros y amantes de la tierra ha enriquecido que mi visión sobre la agricultura”, asegura Rosita.

Después del PIAL se siente una campesina realizada. Ella ganó más que una familia.

A partir del PIAL creaste tu grupo de innovación con mujeres trabajadoras de casa y se puede decir que les has cambiado la vida a ellas también ¿Qué representa el Club de Rosita para ti?

“Te he dicho anteriormente que la vida de la mujer en el campo es dura, perdona que lo repita, pero insisto. El PIAL me cambió la vida y quise que esto también les sucediera a otras mujeres, explica.

Somos madres, esposas, abuelas, trabajadoras de casa y de la tierra, mira cuántos roles en una sola persona. Necesitamos hablar de nuestros problemas, ayudarnos y eso es lo que sucede. Juntas, gracias al proyecto, hemos ido a otras provincias, realizado actividades. Ellas han vivido otras cosas, sabes”.

Cada vez son más las mujeres que se acercan, se sienten representadas y quieren pasar los talleres del proyecto. “Se ha convertido en un espacio que nos da felicidad”, dice entre lágrimas. “Ya te dije que soy llorona”.

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