El machismo se disfraza

Por: Lisandra Chaveco
Publicado: 09/01/2020

Más allá de posiciones y debates que emergen cuando estos temas se tratan y que colocan en espacios aparentemente irreconciliables a hombres y mujeres, sucede que, como ideología y cultura, el machismo no es patrimonio exclusivo de los hombres, pero tampoco es responsabilidad absoluta de las mujeres, como se suele aludir con frecuencia.

Detrás de esos preceptos funcionan el peso de la subjetividad y los imaginarios sociales, las prácticas y saberes que se transmiten de una generación a otra acerca de lo que deben ser hombres y mujeres, desde mundos antagónicos.

Resulta pertinente preguntar entonces: ¿Cuándo comienza a configurarse la masculinidad? ¿Qué mensajes se socializan al respecto? Las respuestas a estas preguntas podemos encontrarlas desde las primeras etapas de la vida.

Por ejemplo, el juego constituye para las niñas y los niños la actividad más importante. Es en ese ambiente de socialización en el que comienza a conformarse su personalidad e identidad genérica, y también el lugar donde reproducen roles y comportamientos que han vivido u observado pasivamente.

Y es que una y otra vez el camino trazado por la cultura logra reproducir los estereotipos de género en actividades aparentemente tan inocentes como los juegos infantiles.

Con mucha frecuencia padres y madres incurren en el error de asignar los juguetes a sus hijas e hijos siguiendo una clara diferenciación sexual. Bolas, trompos y pelotas para los varones, mientras los juegos de cocina y las muñecas son el obsequio ideal para las niñas.

Tal y como afirma la investigadora Yohanka Rodney (2017), socializar a niñas, niños y adolescentes a partir de las expectativas asociadas a los roles tradicionales de género —lo que se espera y acepta socialmente que debe ser “lo masculino” y “lo femenino”— constituye también un acto discriminatorio y violento.

En el caso de los niños, si se les educa en los patrones de la masculinidad patriarcal, se obstaculizan sus potencialidades de cambio hacia otras formas más equitativas.

Sin duda, el juego contribuye a delinear un perfil de hombre o de mujer culturalmente asignado. Por tanto, despojar de contenidos sexistas al juguete favorecerá la posibilidad de que estos puedan construir y elaborar un modelo de masculinidad y feminidad nacido desde la equidad.

El proceso de socialización de género comienza desde la primera infancia y la libertad en el juego constituye la clave para formar una identidad de género, que sin sesgos e imposiciones, contribuirá al desarrollo integral durante la infancia.

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