Retrato de Julia López, la primera modelo de Korda

Por: Andy Jorge Blanco
Publicado: 11/07/2019

A sus ochenta y seis años, Julia López Cruz no había dado una entrevista. Solía esconderse detrás de gafas oscuras, como quien pone una barrera a las preguntas de curiosos. Era una especie de Greta Garbo a la cubana. La actriz de Hollywood se escabullía así de los periodistas. Julia, la primera esposa y modelo de Alberto Korda, también tenía esta receta.

“De joven, a mí me decían que me parecía a Greta”, recuerda. Pero hay algo que no encaja. La Garbo era conocida como “la mujer que no ríe”, y Julia siempre se las arregla para dibujar una sonrisa, aunque a veces no tenga ganas.

Viste como en una de las fotos hechas por Korda, en Santa Fe, La Habana (1955), con el mar a su espalda. Pantalón negro y pulóver de rayas. Es delgada. Siempre lo ha sido. Pero ahora, seis décadas después de aquella imagen, los años se le acumulan en el cuerpo. El pelo apenas le roza los hombros. Desde que se casó con Korda en 1951 poco lo ha dejado crecer. Sabe que el rostro ya no es liso y que las fuerzas no son las mismas de antes. Levantarse en las mañanas y verse al espejo es el freno impertinente para empezar el día cuando se ha envejecido.

                                            

Julia parió exactamente una semana después de haber cumplido 19 años. Su hija Diana nació cuando la luna de miel con Alberto, como ella le dice, quedaba a nueve meses de distancia. Boda en marzo. Nacimiento en diciembre. Fue un amor bohemio, de aventuras, de vivir como si el día tuviera solo doce horas y había que aprovecharlas. No había tiempo para tontadas.

–Viajamos la Isla. Y cuando tuvimos a Diana la llevé con nosotros y la puse a dormir en la gaveta de un mueble en el lugar donde nos quedamos.

Korda no era fotógrafo aún, pero siempre andaba con una cámara al cuello, como los militares de Batista llevaban una correa atada a un fusil, por la misma época. Con él, Julia nunca se perdió una carrera de autos. Les encantaba la adrenalina, el ruido de los motores y ver al ganador que rompía la banderola de la meta.

–Había unas carreras Sagua-Habana y Varadero-Habana. Y a veces no nos alcanzaba el dinero cuando nos casamos, pero cogíamos el cacharrito de él y nos íbamos para Varadero. Allí, como no nos podíamos quedar en hoteles, dormíamos en la arena. ¡Y era divino!

Su hija Diana Díaz López también era espectadora con siete años: “A mí me llevaban a las carreras. Me acuerdo que la última vez que fui a una fue en el circuito de Columbia”. Pero para Julia estas aventuras sobre ruedas no eran, del todo, un simple desfile de autos con exceso de velocidad.

Los choferes arrancaron y acostaron el acelerador al piso de la cabina. Detrás salió el carro bandera como escolta en el camino y el último eslabón de una larga cadena automovilística. Y de pronto, frenos, ruedas que chillan contra el asfalto, miedo, todo en fracciones de segundos, y un carro que se hace añicos contra un árbol. “Dos personas muertas, desfiguradas”, comentaba Korda cuando se alejaba de allí.

Julia no se atrevió a mirar. Tuvo crisis de nervios y lloró. Lloró mucho. Es el único momento que la perturba cuando habla de las corridas de autos. El resto del tiempo los ojos le brillan. Aunque a los ochenta y seis años hasta la mirada se cansa, los ojos nunca envejecen. Y Julia parece ver desfilar las hileras de carros como si pasaran entre ella y yo. En una de esas carreras recuerda haber fotografiado a Korda. Él encuadraba la imagen hacia cuatro ruedas y ella lo retrataba. Click, click, sonaba la Zeiss Ikon que llevaba en las manos.

                                        

Fue su primera modelo cuando él solo era Alberto Díaz Gutiérrez, el nombre que le dieron en la casa. Pero cuando el término “Korda” comenzó a adueñarse de su personalidad y su estudio fotográfico, Julia seguía frente al lente, ahora el de un profesional ingenuo que ni imaginaba recorrer el mundo con sus imágenes. Líneas, luces, encuadres, composiciones, miradas y la curva perfecta del cuerpo femenino, era la obsesión constante entre Korda y ella.

La acera frente al Salón Rojo del Hotel Capri, donde estuvieron los Studios Korda, y las interioridades del lugar saben que las fotos con Alberto, después de convertirse en arte, iban calentando los motores libidinosos del cuerpo. Julia lo recuerda con la picardía de una sonrisa limpia que se le sale de control.

–¿Cómo eran las sesiones de fotos con Korda en el estudio?

–¿En el estudio?… No te puedo decir –y sonríe como quien invita a leer entre líneas.

–¿Por qué nunca posó desnuda para él?

Esta es la típica pregunta que se queda dando vueltas en el aire por unos segundos que pasan lentos, más de los habituales. Julia no responde. Diana, que está sentada a su derecha, me hace una mueca que dice “¡sí!”. En la habitación donde estamos hay fotos icónicas de Korda en cada espacio de la pared, pero hay muchas otras donde él está frente al lente. La imagen del fotógrafo se repite en las más diversas formas, por cada rincón allí, como lo hiciera en todo el mundo su Che, el de 1960, la fotografía más reproducida en la historia.

Julia no responde. Parece que mira a Korda aunque no levante la vista. A fin de cuentas él está por todos lados: detrás del sofá donde ella se sienta, al frente, en fotos, pinturas, en la puerta de la habitación se leen las cinco letras de su nombre en amarillo y sobre un fondo rojo que imita el logo de la compañía fotográfica Kodak.

“Yo posé”, dice en la clásica oración de sujeto más verbo. No hay complementos de ningún tipo. Eso solo lo sabe ella, él, “y el piso será testigo de lo que pasó después”.

–Llegué con la foto cuando Alberto me la trajo y la escondí debajo de una ropa. Después él se la enseñó a mi suegra y ella le dijo que estaba linda para hacerle un almanaque. Cuando me casé con el padre de mi hijo la rompí porque para mí eso era una falta de respeto hacia mi nuevo matrimonio.

–¿Era difícil lograr que Korda no mirara a otras mujeres?

–Sí. Yo era muy celosa, y con razón. Al principio no, porque él se dedicaba a mí, pero ya cuando ustedes empiezan a soltarse… son terribles.

–¿Por qué se separaron?

–Él se enamoró de otra mujer.

Ahí deja la respuesta. Hay un silencio como quien espera una pregunta distinta. No quiere hablar del tema. La “otra mujer” era Norka, si bien Nidia Ríos también comenzaba a fotografiarse en la intimidad del estudio de Korda. Cuando se divorciaron en 1957 Julia se enfermó de los nervios. Tenía la esperanza de que los amores pueden rescatarse si uno se esfuerza, llora hasta en la hora de la cena y pide a todas las deidades que los traigan de vuelta al mismo lugar de la cama.

“A veces esos momentos hay que dejarlos a un lado y reírte de eso. Pero lo aprendí tarde. Alberto se dejaba querer muy fácil para después dejar de querer. Así que ya estoy brava con él”, dice medio en serio, medio en broma, y va afuera a fumarse un tabaco, con la misma parsimonia de quien disfruta un antojo que aprendió de Korda y que le ha provocado un enfisema pulmonar.

                                         

El café la llevó recio. Año 1967. De pie a las cuatro de la mañana, a cocinar. A veces no dormía en las noches, pero había que levantarse y hacer la leña para preparar el desayuno. A las once los ojos le ardían como si recogiera cebollas en vez de café caturra. Era el Cordón de La Habana, que rodeó a la capital de dos mil trescientas caballerías de tierras fértiles. Autoabastecerse y producir era la meta, como lo sigue siendo hoy, cincuenta años después. No se ha cumplido del todo.

Julia sembró el grano alrededor de toda La Habana. Y lo llevó después a los camiones que lo recogían. Trabajó bajo el sol, junto a otras compañeras de la perfumería, donde recibía un salario decoroso para la época. Un sombrero y manos coloradas como la tierra. Y enanas plantas de café caturra, con un tronco grueso y muchas ramas a ambos lados. Gente que siembra para recoger mañana, dice el refrán. Y Julia López, la modelo de Korda, con la ropa encharcada del sudor que después refresca mientras se seca en la piel.

Luego de la cosecha en las lomas circundantes a la capital del país, de la siembra en terrazas y de ver cafetales en producción, Julia disfruta hoy del proceso final de toda cadena productiva: el consumo. Bebe café como para desquitarse de los duros meses, del cuerpo doblado en una siembra de la que poco se habla, quizás porque los desaciertos llevan a un estado de mutis. Cigarro y café. Nicotina y una bebida que es tradición de la Isla donde vive. Ese es el dúo ideal en el diario de Julia.

–Cuando no era el café, era el tomate, el plátano, ¡la zafra azucarera! Yo estaba más tiempo en la agricultura que en la perfumería.

–¿Participó en la zafra de los diez millones?

–Niño, en cinco zafras. Desde 1967 hasta que nació el segundo de mis hijos, Eduardo, con el tercer matrimonio en 1971. La de los diez millones la hice en Güira de Melena. Allí se perdieron montañas de caña que se quedaban sin cargarse para el central, y se secaban. Hubo negligencia. Pero la vida en las zafras era muy poética, ¿tú no sabes? A mí me encantaba el amanecer en el campo. Escribía poesías, pensamientos largos. Allí aprendí a hablar por la radio con los ramales de la zafra (que era la comunicación entre el puesto de mando y el central) porque de vez en vez hacíamos guardia. Por la radio decíamos los camiones que entraban, los que salían, la caña que se había cortado. Allí estábamos todo el tiempo de la zafra. Fue maravilloso aquello. Yo lo disfruto todavía.

Olía a ingenio, a caña recién cortada, al vaho que dejaba la tajada del machete de los hombres sobre la lígula. Julia se había hecho miliciana y no se perdía ninguna de las movilizaciones revolucionarias. Iba como cocinera. Las mujeres, por alguna razón, no picaban la vaina.

                                  

Vive hace dos años en la casa de su hija Diana, municipio habanero de Playa. A veinte minutos de la Ciudad Deportiva si la ruta 179 va holgada y no es día entre semana. De lo contrario, puede dilatarse el trayecto. Desde que se divorció con Korda dejó su Santa Fe natal y la vida cerca del mar que catalizaba sus poemas, como evidencia uno de ellos: Me contó una caracola/ que allá en el ancho mar/ se muere un navegante de tristeza y de pesar.

Irse del barrio donde fue feliz era el sinónimo de dejar a un lado la natación que practicaba y los viajes en el “Kraken”, el pequeño barco en el que ella y Korda navegaban sin temor a que ningún pulpo mitológico de las aguas sacara sus tentáculos alrededor de la nave. Por eso el nombre, como un desafío. Todo empezaba a ser pasado.

Luego de algunas permutas, terminó acomodando recuerdos en una casa pequeña, cerca de donde vive hoy con Diana. Pero al corazón le dio un infarto. “Tuve que traerla para acá. Ya no puede montar bicicleta como lo hacía con sesenta años”, dice la primera de sus dos hijos. Ahora juega en un tablet, friega, riega las maticas del balcón que da a la calle 84, camina despacio. Lee, porque hasta en la última de las edades todavía se aprende. No le gustan los libros tontos.

–La biografía de María Antonieta, de Stefan Zweig, me la leí tres veces, la de Napoleón y la de Fouché. Las biografías me encantan. Ahora estoy leyendo un libro del psiquiatra estadounidense Brian Weiss.

Julia detesta estar ociosa. Poco hace en la casa. El ajetreo de la juventud va desgastándose con la vejez. Es la vida. No es la muchacha que con doce años limpiaba los cuartos de la vecina y los culeros a su niño recién nacido, para ayudar con cinco pesos diarios a la economía familiar. Tampoco es la de la caña, el café. Ni la que pescaba con nailon en la costa. Pero hay en ella serenidad, pose suave, sonrisa, como mismo lo había en la década del 50 cuando Korda la retrataba. Son las primeras imágenes al llegar a la casa, solo que han pasado los años. Nada más.

–¿Cuánto ha cambiado la Julia de las primeras fotos?

–Físicamente para mal. Yo era muy bonita. Para bien… creo que me he sacrificado en la vida para lograr todo lo que he querido –dice mientras vemos fotos suyas, conocidas e inéditas. Y es cuando susurra uno de los poemas escritos para Korda: “Después no lo recuerdo/ tus labios me llevaron a la muerte… O sea, perdí el sentido cuando él me besó”.

Y como mismo repasa con los labios el primero de los besos, a Julia le es imposible olvidar la última vez que vio a Korda.

–Antes de morir en Francia, Alberto fue a casa de Diana, y cuando ya me voy a bajar del carro me dice “dame un beso, que es el último”. Y yo, que soy un poco aprensiva, pensé “ay, me iré a morir… ¿por qué me dices eso?”. Era que él se iba a París y yo viajaba a Estados Unidos. Y entonces se lo di. Nosotros nos queríamos así.

–Fue el último beso que se dieron…

–Pero gracias a Dios que nos lo dimos.

 

Tomado de Cubadebate

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