Recuerdos que regresan

Por: María del Carmen Mestas
Publicado: 10/07/2019

Aunque era mexicana, Luz Gil tenía un encanto especial para interpretar las mulatas del teatro cubano: ella sabía imprimirle esa sabrosura criolla que pocas podían imitar. Y es que supo captar esa manera de ser y expresarse, ese gracejo que las caracterizó.

Nacida en 1894, en Veracruz, con sólo 19 años llegó a nuestro país y pronto se convirtió en una de las figuras principales del Alhambra, donde sus mulatas arrebataron. Por esa etapa fue compañera de consagrados como Sergio Acebal, Pepe del Campo, Adolfo Otero, Blanca Becerra…

Entre los papeles que en ese coliseo interpretó están entre otros, los sainetes cubanos: Señorita Maupan, El rico hacendado, Montada en flan, Los habitantes de la luna.    

Un momento importante en su carrera: la gira  a México   con Roberto Soto en el Teatro Lírico. Durante su gloria artística hizo actuaciones en Madrid. Se instaló definitivamente en Cuba en 1931.De Ernesto Lecuona y con argumento de Gustavo Sánchez Galarraga trabajó en 1932 en La guaracha musulmana, estrenada en el teatro La Comedia y que resultó un éxito.

Dos años después ingresa en la compañía de Agustín Rodríguez y centraliza las obras  Cecilia Valdés, El Clarín  y Guamá, entre otras. Perteneció además a las compañías de Arquímides Pous y Pepito  Gomis.

Por un tiempo formó parte del cuadro de comedias de Crusellas en la RHC Cadena Azul.

En sus últimos años se dedicó a realizar espectáculos  para los enfermos del leprosorio de San Lázaro, en El Rincón. Fue entrevistada para el documental Recuerdos de Alhambra.  

Dejó de existir en 1963.

 

Su recuerdo  despertó una  sentida crónica en Nuestro Poeta Nacional, Nicolás Guillén:

Luz Gil ha muerto ya al borde de los setenta de su edad. Desaparece de la vida, presa de un mal del corazón, una de las artistas más amadas del público habanero, no sólo el público de su época, que la vio y aplaudió en las tablas, sino también quienes, no habiéndola visto nunca trabajar, sabían lo que ella significó en el teatro cubano, Luz Gil…

Yo la recuerdo de mis primeros años en La Habana, mejor diría de mis primeros meses, cuando vine a estudiar a la Universidad-hablo de 1921- y me hospedé en  una pensión  del Paseo del Prado, creo que el número 103.

En el apogeo de la popularidad, Luz era una niña mimada de todos. Alta, garbosa, de pelo negrísimo, cuerpo bien repartido y hermosa, graciosísima además, tanto que no le hacía falta ser bella, concentraba la atención de cuanto huésped galán vivía en aquella casa y mantenía en vilo sólo con su  presencia a los más apasionados y candorosos. Yo entre ellos, en plena adolescencia provinciana. Era la mía una pasión callada y tímida, que por supuesto nunca osó manifestarse, y de la que ella-¡ cómo iba a ser¡- no se percató jamás. En realidad así ocurría con todos, pues aquella mujer no daba  ocasión para que nadie rebasara ciertos límites ni confundiera el teatro con la vida, y menos el Teatro Alhambra, cuya fama de atrevido y aún pornográfico era hija de la mojigatería de quienes pusieron los pies en él.

(…) Para muchos, para muchísimos habaneros, la extinción de Luz Gil significa algo semejante a la caída de un árbol familiar querido que veíamos a diario, cuya muerte sabíamos inevitable, pero ante cuyo abatido tronco no podemos impedir que nos palpite más fuerte que de costumbre el corazón.

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